24.12.11

Torre Oeste

La princesa embarazada, Dee Strauss, se había pasado todo el día en su cuarto rosa. No era que no había querido salir, había sido por culpa de Crush. Le había prohibido tener experiencias que pudiesen resultar peligrosas para su embarazo. Después de todo, les había costado conseguir tener un hijo. Dee rezaba para que fuesen gemelos, un niño y una niña, para no tener que acostarse con su hermano otra vez. Lo detestaba. Sólo quería irse con Sandor, aquel tío suyo lejano. De hecho, ni Dee sabía qué relación familiar tenía con él. Creía que era el hermano de la esposa del esposo de la esposa de un hermano bastardo de su padre. Creía. Ni siquiera se había preocupado en averiguarlo. Sólo sabía que eran familia, ya que por eso estaba en su corte. Su padre Jean tenía a la Corte de verdad en el Norte, donde un día ellos deberían de estar, gobernando el Este, y quizás, algún día, el Centro también. Aunque no sabía si Crush se atrevería a enfrentarse al marido de su tía. No, no sería capaz. Dee creía firmemente que su hermano era un completo cobarde. Por eso la tenía más o menos presa en su habitación, sin ninguna dama de compañía, y sin ninguna noticia del exterior. Ya habían pasado dos días desde que la habían metido ahí dentro. Ahora estaba a punto de acabar el tercero, puesto que el reloj así lo indicaba. Parecía como si la hubiesen metido en una cárcel. Ni Crush la visitaba. Estaba aburrida, pero había algo más. Sentía como si le estuviesen rompiendo el corazón. Ella era un alma libre. No podía estar encerrada en una habitación, por muy grande que fuese. Necesitaba sentir aire fresco. Y habían tapiado sus ventanas.
Abrió su armario, y buscó un vestido de fiesta. Tendría que ponérselo ella sola. Y el corsé también, aunque su marido no quería que se pusiese ninguno. Tenía miedo de que pudiese abortar, por la presión. Pero a ella, eso le daba igual. Sabía que no pasaría nada. Su madre había llevado corsé durante toda la gestación de ambos, y habían acabado naciendo. Si su madre lo había hecho, ella también podría. Necesitaba ponerse uno de esos vestidos tan maravillosos que se ponía tan de vez en cuando. Quería vestirse con algo ostentoso, estaba cansada del mismo camisón de seda amarillenta que llevaba casi todos los días. Sacó cinco vestidos, de distintos colores, y los puso sobre la cama: uno azul turquesa, como el mar, un azul claro, con un brillo verdoso, pues la tela era raso; uno amarillo, crema, como el camisón que llevaba, pero con perlas y bordados que ella adoraba, y una falda larguísima; uno verde pastel, un verde muy suave, con un bordado en el corsé en hilo de oro, y unas mangas largas y anchas; uno rosa, que tenía los hombros descubiertos, y mangas cortas, con una falda extraña pero bonita; y por último, el púrpura, el que había llevado días antes de su reconocimiento como princesa, el del color de la realeza. Odiaba el púrpura, era un color que ella odiaba, y el rosa no era un color que pudiese llevar en ese instante. El verde no le gustaba, era bastante simplón, y estaba algo sucio. Y estaba harta del amarillo. Decidió ponerse el azul. Tiró los demás vestidos al suelo, y de una patada los esparció por el suelo. Rebuscó un corsé cualquiera, y lo tiró encima del vestido azul, sobre la cama. Después se agachó para coger unos zapatos acorde con el vestido, y los dejó en el suelo. Buscó unas medias que fueran provocativas, y escogió también unos ligueros azules, con encajes fabulosos. Sacó después su joyero, y escogió un collar de esmeraldas, y unos pendientes de perlas. Estaba arreglándose como si fuese a ir a una fiesta.
Cuando el reloj de su habitación tocó las dos y media, una sirvienta entró con una bandeja llena de comida, demasiado para ella, quizás. Dee corrió a cerrar la puerta con llave.
― ¡Señora! ¿Qué hace? ¿Y qué es este desorden? ―la mujer puso la bandeja encima de una mesa, cerca del reloj.
― ¿Cómo te llamas?
―Mura.
―Bien. Mura, ayúdame a ponerme el corsé. Yo sola no puedo ―Lo cogió de la cama y se lo tendió a la camarera, pero esta se mantuvo inmóvil―. Ah, claro, el camisón ―Dee se lo quitó, y se giró―. Adelante, atádmelo.
―Pero mi señora, el príncipe lo ha prohibido...
―Que me lo pongas. ¡Atámelo, te lo ordeno! ―dijo, con un tono enfadado, aunque en realidad estuviese divertida. Mura no tuvo más remedio que ponerse a atarle el corsé, con toda la fuerza que pudo. La ayudó a vestirse, y después ordenó que buscase a sus damas y que las trajera a la habitación. Le tendió uno de sus collares de oro y la mujer corrió a por sus doncellas, no sin que antes Dee le abriese la puerta. Es lo único que entendían, dinero.
Al entrar sus damas, hizo que se sentaran sobre la cama. A ellas no las trataba como a Mula, o como se llamase la camarera. A ellas las consideraba como unas amigas.
―Señoritas, sabed que he estado muy disgustada estos días. No he salido de mi habitación para nada. He pasado las tardes aburrida. Mi señor esposo ha prohibido que nadie me viniese a visitar. Bien. Pues ya estoy harta. Llamad a todos vuestros amigos, tanto a caballeros como a ladys, y haced que bajen a la bodega. Llamad también a una pequeña orquesta, con un violín, una viola, dos o tres flautas, y un tambor. Decidles que, al no avisarles con tiempo, les pagaré el doble.
― ¿Y qué haremos ahí abajo, Dee? ¿Una fiesta?
―Por supuesto, mi querida March. Una fiesta. Con música, invitados, bailes, comida... ¡Oh, comida! ¡Llamad también al cocinero, y que prepare comida como para un banquete de...veinte personas! Pero vendrán cuarenta personas. Así que ya sabéis. ¡Id! ¡Vamos, vamos, vamos! ¡A las diez les quiero a todos en la bodega!
Las doncellas abandonaron la habitación, y Dee se encontró sola. Tenía que pensar cómo escapar de la habitación, cómo salir de allí. Así que se paseó por la habitación, pisando los vestidos que había sacado, mientras cogía pellizcos de comida. No es que no tuviese hambre, al contrario, se moría por comer un cerdo asado ella sola. Pero no podía, era una dama. Y las damas no comían como salvajes. Decidió al final que, en cuanto volviese la camarera esa, Mula, o Mura, se escaparía de la habitación. Iría a las diez y cuarto, a llevarle la cena, y a y media estaría en las bodegas. Era un plan perfecto. Pero tendría que despedirse de otro de sus collares.
Cogió un libro y se puso a leer, para matar el tiempo. Eran las tres menos cuarto. Todavía le quedaban seis horas, como mínimo. Tenía que hacer algo.
Le despertaron unos golpes en la puerta, llamadas, para que la dejase entrar. Sería la camarera. Dee se había quedado dormida leyendo. Se levantó, y se fijó en el reloj. Eran las diez y veinte. Iba a tardar mucho en llegar. Le abrió la puerta y le tendió un collar. Mura lo cogió y Dee se escabulló de la habitación. Consiguió llegar sin ser vista, o al menos no mucho, y cuando llegó, se encontró con Crush. No pudo evitar el quedarse con la boca abierta.
― ¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?! ―gritó, por encima del violín y la flauta. Todo el mundo calló, y dejaron de bailar. Crush se dirigió hacia ella, con una sonrisa. Él lo sabía todo. La cogió del brazo y apretó su muñeca con fuerza, para hacerla daño. Pero sonreía.
― ¿Y tú? ¿Qué haces con un corsé? ¿Qué haces aquí? ―le susurró, bastante amenazante―. Músicos, tocad algo. La princesa y yo queremos bailar. ¡Vamos! ―Hizo que Dee diera una vuelta, y la cogió por la cintura. Ella no sabía qué estaba ocurriendo. Pero al menos estaba moviéndose, estaba bailando. No con quien quisiera, pero al menos, de momento, no le había caído una gran bronca. ¿Quién la habría delatado? Quizás Fyre, era su mejor amigo. O al ver que Sandor abandonaba su puesto junto a su pequeño Parlamento, habría decidido interrogarle. Quién sabe. O quizás Mura se lo había contado. Su castillo estaba lleno de chivatos. No podía confiar en nadie.
Al terminar de bailar, Crush la cogió de la muñeca otra vez y se la llevó a una esquina. Por el camino cogió una copa y una jarra de vino de la mesa. Ahora sí que le caería una bronca. La empujó contra la pared, y se puso muy pegado a ella.
― ¿Qué haces aquí? Te mandé que te quedaras en tu habitación. Te ordené quedarte ahí hasta que dieses a luz. ¿Por qué no me haces caso?
Consiguió que Crush se separase un poco de ella, y se echó vino en la copa. Lo bebió y volvió a llenarla.
― Yo estaba aburrida de mi habitación. Allí no puedo hacer nada. No tengo a nadie que me visite. Me aburro. Pero... ¿qué haces tú aquí?
―El cocinero me lo ha contado todo. Estaba de mal humor. Creyó que yo era el que había encargado hacer el banquete que has montado. Y decidí venir. Ahora, tú vas a irte de aquí, de inmediato, y te quitarás ese corsé, no quiero que nuestro hijo muera, y después... Dee, ¿me estás escuchando? ¿Quieres dejar de beber? Es malo para el niño.
Dee había estado sirviéndose varias copas mientras su hermano hablaba. No paraba de beber.
― ¿Y tú que sabrás? ¡¿Qué sabrás si es malo?! ¡¿Acaso estás tú embarazado?!
Crush le abofeteó. Ya estaba harto de ella. Dee se volvió a servir otra copa de vino, y mientras la bebía comenzó a reírse.
― ¿De qué te ríes? ―preguntó Crush, malhumorado.
―De ti ―llegados a ese punto, comenzó a reír como una loca. Todavía no estaba borracha―. Crees que eres un rey, un príncipe. Y te sientes un hombre al pegarme, al tocarme ―Dejó de reír―. Pues ya estoy harta de ti. Ojalá te murieras.
Tiró la jarra y la copa al suelo, y el vino corrió por el suelo de piedra de la bodega. Volvió a hacerse el silencio. Le empujó y salió de la sala.
No quería volver a verle. Se dirigió a su habitación. Buscó una hoja en blanco, y sacó su tintero. Tiró las dos bandejas que habían sobre la mesa en la que estaba el reloj, y se puso a escribir, casi llorando.
Querida tía:Sé que vais a venir expresamente para felicitarme por mi embarazo. Os lo agradezco. Y también os agradecería el que me llevaseis con vosotros cuando regresarais a la Este, o a cualquier otro lado. Lo que fuese, con tal de alejarme de mi hermano. Pretende mantenerme encerrada en mi habitación hasta que para. Estaréis conmigo en que es una locura.Vuestra querida y humilde sobrina, Dee.
Dobló el papel y se dirigió a la puerta, para salir de su habitación. Pero en ese momento, se chocó con Crush. Le dio un empujón, pero este volvió a cogerla del brazo, y la atrajo hacia sí. Tenía el brazo morado.
―Dee... ―empezó.
―Suéltame. Te dije que te fueras con quien te diese la gana. Déjame.
―Idiota. Yo no quiero a ninguna de esas. Te quiero a ti ―La arrastró hasta que consiguió meterla en la habitación, y cerró la puerta―. Te quiero a ti, Dee. Te quiero ―Intentó besarla, pero ella le dio una patada en la pierna.
―Déjame en paz. Estás loco ―le dijo, furiosa, mientras salía de la habitación y corría por el pasillo. Debía de mandar esa carta cuanto antes. Exigiría que el caballo corriese día y noche. Tenía que llegar antes de que sus tíos saliesen de Torre Este.
―Sólo los locos aman a mujeres como tú ―le gritó Crush, mientras la veía correr, y sonreía. De verdad la quería. Pero así sólo conseguía que le odiase.

7.12.11

Torre Este

Aquella mañana, George se despertó de buen humor. Habían pasado tres días desde el día de la noticia, seis días desde que había sabido que Dee estaba embarazada. Pero le daba igual.
Volvió a despertarse entre los brazos de Jioana, como casi todas las mañanas ocurría, y, después de vestirse, bajó a la sala principal. Todavía era muy temprano, pero debía de planear el viaje hacia Torre Oeste para salir al día siguiente. Quería estar cuanto antes de nuevo en su hogar, y todavía no había salido de él. El motivo de que estuviese tan feliz no era otro, pues, que había concretado ya el número de días que estarían en las Tierras del Oeste. Habían discutido, y durante un día entero no se habían hablado. Lady Jioana decía que quería estar quince días con sus sobrinos, y él apenas cuatro. Al final, decidió que once días eran suficientes. No deseaba estar fuera las dos semanas que Jioana le había propuesto, pero tampoco quería seguir enfadado con ella. No soportaba el estar comiendo en tensos silencios, el pasar las tardes solo, sin una acompañante durante la caza. Odiaba aquello. Al principio, no había soportado pasar un segundo junto a ella, y ahora, no podía mantenerse cuerdo ni un día si no la tocaba. Aún no sabía cómo lo había conseguido. Ella no era más que otra mujer del montón, pero era su mujer del montón.
Así pues, esperó pacientemente, sentado en su trono, al embajador de las Tierras del Oeste. Debía de comunicarle las noticias, y que él partiera cuanto antes para hacerles llegar a los futuros reyes de las Oeste que partirían al día siguiente, y que cinco días más tarde, como mucho, estarían allí. Bien pensado, aquella idea no le amargaba tanto. Sólo le resultaba molesto el ir a felicitar a su sobrina porque estuviera embarazada. Esa era lo que no quería ir a hacer, lo que no le resultaba agradable. Pero debía de dejar a un lado su orgullo y cumplir con su deber. Era un hombre demasiado orgulloso.
Estuvo sentado en su trono durante casi una hora, pasando frío, ya que todavía no habían encendido las calderas. Era invierno, y las siete de la mañana. Aún estaba oscuro afuera, lo podía ver a través de las ventanas. Estaba poniéndose cada vez más nervioso, pensando en qué era lo que le había podido suceder al embajador para que, después de una hora de haberle llamado, no hubiese acudido todavía. Había madrugado para que él estuviese en Torre Oeste antes que ellos, no después. Y al paso que iba, tendría que atrasar las cosas. Y a él le gustaba que todo fuese puntual, como él lo era. Pero al final llegó. Con una hora de retraso, pero venía con todos los ropajes que debía de tener si quería estar arreglado. Al llegar, hizo una breve y temblorosa reverencia, y después, se volvió a erguir. Era un hombre bastante más mayor que George, con canas, y una barba bien parecida a la suya, en pico. A él le daba un aspecto de señor, una apariencia más noble aún. Y sin embargo, a aquel embajador, no le sentaba para nada bien. No con la papada que tenía, y la gran barriga. Se lamentó por la pobre bestia que debía de trasportarlo de un lugar a otro.
―Mi señor...
Tu alteza ―le corrigió, algo enfadado. De repente, el buen humor había empezado a desaparecer. Más bien, se estaba intercambiando por el frío.
―Mi alteza. ¿Para qué me habéis hecho llamar a horas tan tempranas?
―Ya he tomado una decisión sobre la idea de ir a las tierras de tu señor Jean Strauss. Mi esposa y yo saldremos mañana a primera hora de la mañana.
El embajador se quedó impresionado.
―Y... ¿no sería mejor esperar unos días, mi se... alteza? Si no, no tendré tiempo para llevarle la noticia a mi señor Crush... Tenga en cuenta que ni el rey Jean lo sabe...
―Da igual ―dijo él, en un tono severo, totalmente contrario al que usaba con Jioana. Estuvieron en silencio durante casi un minuto―. Así que más le vale partir ya, señor embajador.
El hombre sólo asintió, volvió a hacer una reverencia, y abandonó la sala. Ya eran casi las ocho. Aún era temprano, y tenían todo el día para hacer sus equipajes. Por unos minutos más de sueño, no sucedería nada. Y menos si era junto a Jioana.
Recorrió los pasillos de la fortaleza de torres. En otros tiempos, esa construcción había pertenecido a los Strauss, y de hecho, todavía quedaban algunos cuadros en el desván. Antepasados de Jioana. Algún día volvería a colgarlos en los pasillos, en lugar a los cuadros de los Bubied. Debía de hacer un ala exclusiva en memoria de los Strauss, para ella. Seguro que le gustaría. ¿Y si le dedicaba mejor otro castillo? Sí. Pondría aquellos cuadros en su castillo favorito, en el castillo al que iban en verano todos los años. Sería algo que le amargaría el verano, pero a su esposa le gustaría, la haría feliz. Y si a ella le hacía feliz aquello, George también se sentía feliz. Era un sentimiento extraño, aquel que tenía hacia aquella mujer. Miró uno de los retratos que colgaba de la pared. Era el de su padre, George V. Estaba representado sobre un caballo, imponente, poderoso. Su mirada, dos ojos marrones, apuntaban hacia la persona que miraba el cuadro, y se clavaban como cuchillos en George VI. Su padre. Siempre había sido un hombre duro. Nunca le había sonreído, y tampoco le había dado muestras de afecto ni de cariño. La verdad era que, de pequeño, no había estado cerca de él. Si se le había acercado, había sido en la fecha de su decimosexto cumpleaños, cuando le había comunicado que se debía de casar con Jioana, una Strauss de por entonces doce años. Tan sólo le veía a la hora de la comida, y en algunos entrenamientos, de refilón. Y nunca le había dirigido la palabra. Sin embargo, con sus hermanos, había sido distinto. Con sus hermanos había sido más efusivo. Su madre le había dicho que era porque él había sido el primero, y debía de aprender a comportarse de la misma manera que la de su padre, que él también debía de ser igual de duro y fuerte que él. Al fin y al cabo, él era el heredero. Él tenía que ser un buen Bubied. Después de todo, su padre no había sido conocido el sobrenombre de El Fuerte por nada. Él había conseguido nuevos territorios para su hijo, territorios Whilewer.
Acabó llegando a la habitación en la que había estado durmiendo casi hacían ya tres horas. Se había desvelado por completo, pero seguía queriendo ir a la habitación. Jioana seguiría durmiendo, y él podría encender de nuevo la chimenea, y mirar cómo dormía, mientras pensaba en qué se iba a llevar a Torre Oeste. Aquella idea sí que le gustaba. Al llegar a la habitación, se encontró con su esposa volviendo a encender la chimenea, y con las cortinas de terciopelo abiertas. La cama estaba desecha, señal de que se había despertado recientemente. Lady Jioana llevaba el largo pelo rojo suelto, despeinado. Le llegaba casi hasta la mitad del muslo, tan rojo y rizado como si fuesen llamas. Al oírlo entrar en la habitación, se giró y le miró con sus ojos azules, sorprendida; pero no se arrodilló, pues ya sabía que a él no le gustaba que lo hiciese, que lo consideraba estúpido. Se colocó mejor el abrigo de piel de oso de su marido, un abrigo que se había dejado este allí la noche anterior. Estaba claro que no era suyo, porque le quedaba muy grande. Por debajo de él, llevaba un camisón de seda canela, su camisón favorito. La verdad era que hacía bastante frío.
― ¿A qué hora te has despertado?
―A las seis. No podía dormir más. Y tampoco quería despertarte ―le contestó, mientras se acercaba a ella. Le puso las manos sobre los hombros, y la besó en la mejilla. Ella se sentó sobre una de las dos butacas que estaban delante de la chimenea, con aire cansado. La verdad era que tenía una cara cansada, al menos en aquel momento. Y eso no era propio de ella―. ¿Estás bien, Jioana? ¿Estás cansada? ¿No has dormido bien?
―No... No es eso, tranquilo. Es que... últimamente... No sé ―Bostezó.―. Me lleva doliendo la tripa unos cuantos días, y no consigo dormir...
― ¡¿Y por qué no has llamado a un médico, o a un mago?! Voy a por uno.
― ¡NO! ¡No vayas! ¡Déjalo! Si es una tontería... ―dijo, masajeándose un poco el estómago. George la miró durante unos instantes, medio alarmado, medio pensativo. Se acabó sentando en la silla que tenía enfrente de la de ella, y se quedó muy quieto.
― ¿Por qué no quieres que vengan? Es sólo para que te miren, no te van a hacer nada.
―Es que... Se supone que en pocos días tendré el ciclo. Por eso te digo que no es nada.
El rey Bubied se quedó mirando su estómago. En aquella ocasión, tampoco había sucedido nada. Seguían sin haber indicios de otro embarazo. Pero no le importaba. Por eso había estado aguantando el dolor, para que no se llevase otra desilusión.
―No pasa nada. Tranquila, de verdad. Aún así... deberías de descansar. Mañana saldremos hacia Torre Oeste. No querrás que Dee y Crush te vean cansada, ¿no? ―le dijo, con una sonrisa, echándose hacia delante y poniendo una mano entre las suyas.
Jioana sonrió.
―Estoy bien, de verdad. Si te tranquiliza, llama a un médico. No confío en los magos. Pero yo estoy bien, ¿ves? ―dijo ella, levantándose mientras el abrigo de su marido se le caía, sonriente, poniendo las manos sobre las anchas caderas que él tanto amaba. De repente, quitó ambas manos de sus caderas y se las puso en la boca. Salió corriendo en dirección al baño, y él se levantó y corrió detrás de ella. La encontró en la letrina, arrodillada, vomitando. George se apresuró a sujetarle el pelo, para que no se manchase. En cuanto saliese de la habitación, llamaría a un médico, y a un mago también, aunque ella les detestase. No quería seguir viéndola así. Odiaba admitir lo frágil que era ante la debilidad de Jioana.
Cuando acabó, la cogió en brazos y la tumbó sobre la cama, aunque ella se resistiese diciendo que estaba bien. George se sentó junto a su reina, y tiró de una cuerda que estaba en su lado de la cama, una cuerda que llamaba al servicio. En un par de minutos, una de las damas de Jioana se presentó en la habitación. Él le dijo que fuese a por un médico y un mago, aunque ella casi se levantara para evitar que la doncella saliese del cuarto. George al final acabó por tumbarse junto a ella, no sin antes quitarse algunas ropas. La abrazó y la besó en la frente, en ademán protector. A diferencia de su padre, él si que mostraba afecto hacia las personas a las que quería.
―Ni se te ocurra cancelar la visita a Crush y Dee, ¿eh? Estoy bien ―le dijo ella, algo temerosa, aunque como si nunca hubiese devuelto―. Estoy bien.

27.11.11

Fuerte Gris

Jim se percató de que, entre la niebla, veía unas barcas. No eran barcos como los suyos, barcos de guerra, con cañones y varios metros de altura. Parecían ser barcas de pescadores, con tan solo una vela, de dos metros como mucho. Pero eran cientos, por no decir miles. Centenares de velas blancas se acercaban a la playa desde la que Jim estaba observando. Al principio, al ver la primera o la segunda, le pareció que no debía de avisar a su jefe. Pero al contar más de veinte, salió disparado hacia la colina en la que estaba el faro de madera que habían preparado. Se cayó varias veces por el camino, ya que las Tierras del Norte al Este eran escarpadas, aunque bastante verdes.
Llegó al puesto de vigilancia, agotado, casi con el corazón en la boca.
― ¡Jim! ¡¿Qué pasa?! ¿Qué haces aquí? ―le preguntó alarmado el capataz. Este esperó a que Jim se calmase un poco, ya que apenas podía hablar.
― ¡Habían barcos en la playa! ¡Muchos barcos! ¡Barcos de pescadores! ―gritó él, sin aliento. Debía de decirlo cuanto antes.
― ¿Barcos? ¿Y qué tienen dentro? ―preguntó, un poco más tranquilo.
―Pues... no lo sé... he vuelto corriendo de allí... ni siquiera han llegado a la orilla...
―Pues vuelve. Y cuando sepas lo que hay dentro, vienes aquí y me lo cuentas. Y entonces ya veré si dar el aviso o no. Eres un maldito vago. Lo que sea con tal de no estar entre rocas, ¿eh? ¡Vete, holgazán! ―le gritó el capataz a Jim. Se volvió a sentar en su tocón― Venga. ¿A qué estás esperando?
El chico se fue corriendo otra vez a la playa, y descubrió que al menos, los veinte barcos que había contado, ya habían llegado a las orillas, y se habían parado. Jim se acercó a uno con cautela, despacio. No sabía qué podía haber. Le habían contado de pequeño que los bárbaros atacaban de una forma parecida, escondidos, tumbados en las barcas. Así que decidió detenerse un instante, coger una de las piedras del suelo, y lanzarla la barca. No oyó nada, ni nada se movió, así que volvió a andar, un poco más tranquilo. Pero seguía andando despacio. Al llegar, se asomó un poco. Y lo que vio, lo dejó sin habla.
Era un hombre tumbado, helado, con una espada y un papel entre los brazos cruzados. Pero sus brazos estaban cosidos. Y le faltaba una mano. Y sobre todo, le faltaba la cabeza. Tenía la piel blanca, aunque en el cuello y los hombros era negra. La cabeza estaba al final de la barca, lejos de su cuerpo. Le faltaban los párpados. Era un espectáculo macabro, por supuesto. Retrocedió con rapidez, y se dirigió a otro barco. Este era casi igual, aunque, en vez de tener un hombre, tenía una mujer, con los pechos helados al aire, y un niño pequeño entre sus brazos, sin cabeza también. Volvió corriendo hacia el puesto de vigilancia, y le contó lo que había visto al capataz. Este bajó a la playa, y desde ella, le gritó que encendiese rápidamente la hoguera. Jim se metió dentro de la casita de madera que estaba cerca del faro, y cogió uno de los maderos que estaban en el fuego. Salió y lo tiró al resto de las maderas. Al cabo de un rato, su jefe regresó, con el papel que tenía el hombre descabezado entre los dedos.
Se lo tendió a Jim.
―Tú sabes leer, ¿no? Pues lee lo que dice. Venga, entremos en la casa.
Se metieron en la caseta, y al fuego, Jim miró el papel. Olía a pescado. Se sentó en el sillón del capataz, lo que hizo que este soltase un gruñido. Miró cada una de las letras, leyó las palabras, con dificultad. Era cierto que sabía leer, pero había aprendido cuando tenía cinco o seis años. Y de eso hacían ya unos diez años. Ya casi no se acordaba.
―Dice... Dice que... Dice algo de la noche... Y de guerra... Espera. La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos ―Paró durante un momento. La tinta se había mojado, y se había corrido―. Y aquí dice algo de una cabeza. Creo que pone no perdáis la cabeza, y luego dice como El de la Espada. Es decir... El mensaje entero es... esto...
La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos. No perdáis la cabeza como El de la Espada. Ve a Fuerte Gris y diles que te envíen al Rey. Coge mi caballo. ¡Vamos, Jim, no pierdas el tiempo! ―le gritó, mientras le echaba de la cabaña― ¡Y no te olvides del mensaje!
Jim cogió el caballo del pequeño establo que había detrás de la cabaña, y empezó a cabalgar hacia el centro de la península, hacia el Fuerte Gris. Era una construcción de piedra enorme, en la que residía el padre de Crush, el Rey Jean Strauss II. No era viejo, tenía unos treinta y cinco años. Pero parecía que tenía más de sesenta. Fuerte Gris, sin embargo, no aparentaba los años que tenía. Casi más de cien años poseían las piedras de aquella fortaleza, y conservaba un aspecto inmaculado, como si el tiempo no hubiera pasado desde que la construyeron. Estaba lejos de la playa, lejos de aquel faro, pero a caballo era rápido de recorrer. En media hora estuvo allí, un poco mojado, porque había llovido durante el camino.
― ¿Quién es? ―gritó un soldado entre dos almenas.
― ¡Vengo del faro norte, traigo noticias para el Rey! ¡Mi nombre es Jimmy Hoslehaff!
El puente levadizo bajó ante él, y pasó hasta el interior de la fortaleza. Dejó al caballo en la entrada, y un par de soldados lo llevaron hasta el establo. Otro soldado le guió hasta el interior del castillo, y lo dejó a la entrada de la sala del Rey. Se la conocía así porque allí era donde el Rey estaba siempre, para las audiencias y demás. Además del Rey, siempre habían varios pajes, y soldados, y bastantes nobles. Jim entró con cautela. Era un chico muy miedoso, bastante tímido. Entró, y su nombre y posición fue dicha en alto. El chico hizo una reverencia que consistió en casi tirarse al suelo, como si le fuese el alma en ello. Pero el rey Jean se saltó el protocolo. Bajó de su trono e hizo levantarse al joven.
― Dime, muchacho, ¿qué ha sucedido en la playa del norte?
―Han sido avistadas más de cien barcas de pescador, con una vela en el centro. Pero... pero...
― ¡¿Pero qué, muchacho?! ¿Qué ha sucedido? ¡Vamos, habla!
―Me acerqué a una de esas barcas, y dentro había un hombre helado sin cabeza, tumbado, con los brazos cortados pero cosidos. Entre los brazos, así los tenía ―Cruzó los brazos sobre su pecho, imitando el cadáver―, llevaba una espada, y un papel. Y en el papel ponía lo siguiente: La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos. No perdáis la cabeza como El de la Espada.
El rey se subió a su trono y se desplomó en él. Tenía una idea lejana de qué era eso.
― ¿Sabes si su cabeza estaba en otros barcos?
―Estaba en la misma barca en la que estaba su cuerpo, mi señor. Le faltaban los párpados.
― ¿Y de qué color eran sus ojos?
Jim se quedó durante un instante un poco pensativo.
―Azules... Azules claros. Como los vuestros, mi señor. Y en otra barca, había una mujer congelada, con... con el pecho... ―Se sonrojó un poco―, y con un niño entre los brazos, como si estuviera cogiéndolo, y el niño también estaba congelado, y la mujer y el niño también tenían los brazos cortados, y la cabeza igual, y tampoco tenían párpados. Y estos también tenían los ojos claros.
Durante unos instantes, reinó el silencio en la sala. Los pajes, soldados y nobles que habían allí se pusieron a cotorrear entre ellos al cabo de un rato, pero Jean Strauss seguía en silencio. Estaba pensando.
―Lord Windtalt, llevaos al joven a vuestros aposentos. Procurad que se lave y se seque, que coma y descanse. Mañana mismo, por la mañana, iremos a la playa del norte. Y tú, muchacho, tú nos llevarás hasta allí. Pueden irse.
Un hombre de unos treinta años, alto, delgado, y moreno, con una barba totalmente simétrica y el pelo corto, se dirigió hacia Jim. Era Lord Samuel Windtalt, señor del Condado del Norte. Técnicamente, era el dueño de Fuerte Gris. Pero debía de estar siempre disponible para el todavía rey Jean, aunque se rumoreaba que tenía problemas de corazón, y en cuanto muriese, su hijo Crush sería el nuevo rey. Y entonces, Lord Windtalt podría vivir en Fuerte Gris sin problemas, en su habitación. Jim, en el fondo, sentía pena por el Rey. Media corte deseaba su muerte.
Jim se inclinó un poco ante él, mientras el resto de gente salió de la sala, incluido el Rey. Al final, sólo se quedaron ellos dos y tres soldados guardando la entrada.
―Sígueme, chico ―dijo el Lord―. Esta noche dormirás en una habitación que está comunicada a la mía. Tendrás pajes que te proporcionarán cuanto necesites. Vamos.
Salió de la sala, y le hizo recorrer la mayoría del castillo. Las habitaciones de Lord Windtalt estaban en la otra punta del castillo. Jim se maravillaba con todos los cuadros y telas que habían en las paredes, y cada vez que cruzaban un pasillo, tenían que pararse diez minutos para que el joven vigía pudiese admirar las pinturas de los antepasados y amigos del Rey. En una de esas ocasiones, Lord Windtalt consideró que había demasiado silencio en la sala. Además, tenía preguntas, así que habló.
―Oye, chico, ¿cómo te llamas?
―Me llamo Jimmy Hoslehaff. Pero mis amigos me llaman Jim ―dijo el chico, mientras miraba la pintura de una chica joven, pelirroja, con ojos azules; una Strauss―. ¿Quién es ella? ―preguntó, sin dejar de mirar el cuadro.
―Es Dee Strauss, la hija del Rey. ¿Y cuántos años tienes?
―Tengo casi dieciséis años ―Siguió mirando la pintura. Le encantaba sobre todo la cara de la joven. No la conocía. Sabía que el Rey tenía dos hijos, dos gemelos, pero no sabía cómo eran. Le sorprendió la belleza de la chica, sabiendo el aspecto de su padre. Su nariz puntiaguda era lo que le volvía loco. Lo que más. Era realmente atractiva―. Es muy hermosa.
―Sí. Lástima que ya esté casada ―Samuel también miró el cuadro. La verdad era que la habían retratado muy bien. Pero ese cuadro no la hacía justicia. Él la había visto, el día de su boda con su hermano, y era mucho más bella en persona que en ese cuadro―. ¿Y qué hay de ti?
― ¿De mí? ―Jim dejó de mirar el cuadro para mirar a Lord Windtalt― ¿Os referís a si estoy casado o no?
―Sí, señor Hoslehaff.
―Ah... Pues... Pues la verdad es que no ―dijo el chico con una sonrisa―. No he conocido a ninguna mujer todavía.
El noble se extrañó. La verdad era que el chico le resultaba guapo. Jim tenía el pelo castaño claro, tirando a rubio, y los ojos eran azules oscuros. Era bastante alto para su edad, y a simple vista, parecía un chico tranquilo, amable y sensato. Le parecía muy extraño.
― ¿Has estado alguna vez en el sur?
―He estado en Torre Norte.
Samuel simplemente asintió. Volvieron a retomar su camino, y consiguieron llegar hasta las habitaciones del chico. Jim se había quedado un poco extrañado de esa pregunta. ¿Qué le importaría a un noble su nombre, su edad, si estaba casado o no? En cierto modo, le enfadaba. Al llegar a la que iba a ser la habitación del vigía, el Lord se fue a su habitación para que Jim se diese un baño. Después del baño, se sentaron al fuego y tomaron una cena muy ligera. Pero en silencio, un silencio tenso. Al acabar la cena, se fueron a la cama. Jim se tumbó en su cama. Samuel se dirigió a la puerta que daba a su habitación, y antes de irse, le dijo:
―Te llevaré al sur conmigo. Más allá de Britch, más allá de Kynsland. Te llevaré a la isla. Allí te harán un hombre.
Jim no dijo nada.
Simplemente, le dio las buenas noches y se puso a dormir.

22.11.11

Torre Este

George Bubied no era un anciano. Y su esposa, Jioana Strauss, tampoco. Y sin embargo, ya les habían llegado las nuevas, nuevas que anunciaban que tenían un posible sobrino-nieto. Era más de lo que pensaban que podrían llegar a ver. Al fin y al cabo, Dee y Crush no tenían ni veinte años. Era normal que la noticia les sorprendiera. Jioana se sintió feliz, alegre de la noticia. Al fin y al cabo, era su familia.
Quien no estaba para nada contento era su esposo, George. El más joven de todos los George, el último, George Bubied VI. Jioana le había mencionado el ir al Torre Oeste a pasar con ellos un par de semanas, y darle los regalos que se esperase que tuvieran que entregarles, pero George se opuso rotundamente a ello. Odiaba a los Strauss casi tanto como quería a Jioana. Ya se lo había dejado bien claro: si quería ir ella, que fuera sola. Él no se metería en territorio Strauss. Ni loco. Esos que se parecían tanto a los animales, teniendo hijos entre sí, fruto del incesto... A sus ojos eso no estaba bien visto. Había aprendido a convivir con ello, pero no le gustaba. Al principio de su matrimonio, había odiado a Jioana. Intentaba verla sólo cuando el deber le llamase, pero al final, se había acabado enamorando de ella. No era una mujer bella, ni con un cuerpo en demasía bonito, pero era inteligente, y amable, y su sonrisa era preciosa, la más alegre de todo el reino. George se sentía afortunado de tener a una mujer como Jioana por esposa. La quería con todo su corazón, la amaba hasta el infinito. Ya se lo había demostrado en varias ocasiones, pues había construido altares en su honor, erigido estatuas que la representaban, le había regalado los castillos más bonitos en los lugares más hermosos que poseía... Todo para ella. Si pedía una caja de fresas en pleno verano, él removía cielo y tierra para entregárselas. Y a pesar de todas las atenciones que la prestaba, sólo habían tenido un hijo. Tenían ya más de veinticinco años, y con aquella edad, los padres de George ya habían tenido cuatro hijos. Y no se querían mucho, precisamente. Ellos tan sólo tenían a un niño pequeño, que no tenía ni dos años. Aún así, George era feliz con su vida. Rey de territorios inmensos, marido de la mujer a la que amaba, un hijo fruto del amor que le profesaba a esta... Se sentía completamente feliz. Al menos, esto era así hasta el día en que le llegó la noticia del embarazo de su sobrina.
Lo cierto era que debía de ir a presentar sus respetos. Eso era lo mínimo. Pero no quería ir a ver a esa aberración que eran Dee y su hijo. Él ya sabía los rumores que rodeaban el honor de su sobrina, y lo más posible era que el hijo que esperase fuera ilegítimo. Pero no sabía qué hipótesis era la mejor, si que el niño fuera un bastardo o que fuese hijo de su hermano Crush. Ambas ideas le parecían poco honorables. Aunque algo debía de hacer al respecto. Si se quedaba en el Torre Este mientras que su mujer iba al Torre Oeste, lo más probable era que el rey Strauss se enfadase, y si iba... Si iba, él mismo no se lo perdonaría en su vida. Quería a Jioana, y con eso era suficiente. Con querer a una Strauss ya se sentía bastante humillado, aunque a la vez, le gustase quererla.
George lo estuvo pensando una y otra vez tumbado en la cama, con la cabeza de su esposa en el pecho desnudo. Cogió uno de sus mechones pelirrojos y empezó a jugar con él, pensativo. ¿Debía ir o no? También, la verdad sea dicha de paso, sería de mala educación no ir. Al fin y al cabo, eran familia. Política, pero familia. La miró, y por un momento sintió vergüenza de estar casado con ella. Era otra aberración, sus padres eran hermanos y la habían engendrado de la misma forma en la que ellos habían tenido a William. Pero al pensar en aquello, también les comprendía un poco. Debían de quererse, tanto como ellos dos, para hacer aquello. Así que al final decidió que iría. Un día o dos, pero iría. Después de todo, no debía permitirse el lujo de ganarse enemigos. Eso era precisamente lo que no le hacía falta.
―Eh, Jioana ―le susurró, mirándola con cariño. Ella estaba despierta, aunque con los ojos cerrados―. Iré contigo. Pero por poco tiempo.
Jioana simplemente se incorporó un poco y le besó. Fue un beso largo, con cariño y pasión, que hizo que George quisiera tomarla en ese mismo instante. Pero estaba cansado del largo día de caza, así que decidió que era mejor dormir. Cerró los ojos y abrazó a su esposa, entre las sábanas del fuerte más cercano a las Tierras Al Este, y se durmió con una sonrisa en el rostro. Definitivamente, ese había sido un día perfecto.
Excepcionando el momento del mensaje, claro.

21.11.11

Torre Oeste

El día amaneció oscuro, con nubes grises que cubrían el sol. El frío penetraba las rocas que formaban la pared de aquella torre, y la respiración de Crush empañaba los cristales. Miraba hacia afuera, temblando por la ira. Otra vez. La había vuelto a descubrir otra vez. Y le daba igual, pero tenía otros motivos para estar enfadado con Dee. Pocos, comparados con las buenas noticias, aunque tenía motivos. Y él era un hombre, al fin y al cabo.
Cerró los ojos y apoyó la frente en la ventana. El cristal estaba frío, pero él no hizo ademán de levantar la cabeza. Estaba cansado, y mareado. Cansado por tener que aguantar la aguda y molesta voz de su hermana, cansado por escuchar siempre las mismas excusas, cansado por ella. Y mareado por la resaca del día anterior, otra borrachera.
―Te juro que lo siento. De verdad, lo juro. De verdad, de verdad, de verdad, de verdad. Nunca más lo volveré a hacer. Pero es injusto que te pongas así conmigo. Después de todo, yo no oculto mi infelicidad por el hecho de que me seas infiel con otros hombres, yo me lo ca...
No quiso seguir escuchando más y se giró bruscamente. Estaba harto. Eran rumores. Meros rumores. Podían tener algo de verdad, pero él no iba a dar motivos de guerra. Que el pueblo pensase lo que quisiera; si su esposa no se quedaba embarazada, no era por su culpa. Era culpa de ella, ella, y ella sola.
―CÁLLATE ―dijo, alzando un poco la voz. En cuanto ella hubo cerrado la boca y bajado los ojos, él volvió a recuperar su tono normal―. No tienes ni idea de lo que estás hablando. ¿De verdad crees esos estúpidos rumores? Son mentira, Dee. Mentiras inventadas por la gente. Ellos no lo entienden. No lo saben.
― ¿Qué no entienden? ¿Qué no saben? ―repitió ella, brusca, retórica―. Si yo les doy la razón es por algo. Acudes a mis aposentos borracho, te duermes sin ni siquiera terminar... ¡Y maldita sea, mis doncellas lo escuchan! ¡Escuchan tus ronquidos! ¡Me humillas!
― ¡Es que un rey no puede estar atento de los rumores del maldito pueblo, Dee! ¡¿Qué no entiendes?! ―gritó Crish, como una niño pequeño― ¡El pueblo está para obedecer, no para inventar rumores! ¡Por mí como si te hubieras quedado preñada de uno de tus amantes! ¡Me da exactamente igual!
En ese momento, los ojos de Dee empezaron a llenarse de lágrimas, y después, empezó a llorar. Se tiró encima de la cama, con la cara hundida en una almohada. A Crush se le pasó por la cabeza la idea de ahogarla. Pero era su esposa, no podía hacerlo. Además, ellos dos eran los últimos Strauss. No se podía permitir el lujo de que una cualquiera engendrase a su hijo. Tenía que hacerlo Dee, y sólo ella. Así se lo habían enseñado. Y era su hermana, y la quería. No iba a matarla por una rabieta. No se merecía eso.
Esperó un poco, hasta que dejase de llorar, y después se acercó a ella, se sentó en un borde de la cama, y se tumbó a su lado. La mayoría del tiempo, la quería como un hermano quiere a su hermana, amor fraternal. Pero ese era uno de los momentos en los que de verdad la amaba, en los que de verdad deseaba ser su marido, y sólo eso. Él se odiaba, se repelía a sí mismo de la aberración que estaba haciendo. Casarse con su hermana, acostarse con ella, engendrar un hijo juntos. Le daba asco. Pero sus padres lo habían hecho, y sus abuelos. Y la mayoría de sus antepasados también. Él no iba a ser el que estropease las cosas.
―Escucha, Dee ―Ella se giró, de modo que se puso de espaldas hacia él; no quería hablarle. Crush se mordió un labio. La abrazó y apretó su cara contra el pelo rojo de su hermana―. No lo decía en serio. Lo siento ―Sabía que había hecho mal al disculparse, pero es que realmente sentía que debía de hacerlo. Después de todo, ella no había hecho más que decirle claramente lo que toda la gente de las Tierras Al Oeste rumoreaban―. Te quiero ―le susurró, y después de apartarle un poco el pelo de su cuello, comenzó a besarla y a manosear su pecho. Dee se revolvió hasta que consiguió levantarse de la cama. Entonces, cogió una capa que había en el suelo y se cubrió con ella. Alzó la barbilla, y miró a su hermano, seria y soberbia, como una bellísima estatua de mármol.
―No pienso dejar que me toques hasta que el niño nazca. Ya puedes ir buscándote a alguien que te dé placer. No voy a permitir que me trates como a una prostituta. No lo soy.
Y dicho esto, salió de la habitación.
Aquello era lo bueno de todo. Por fin se había quedado embarazada. Tan sólo una semana después de enterarse de lo de Sandor, motivo por el que estaba enfadado con ella, Dee se había quedado embarazada.
Esto es lo que el pueblo quiere, un principito, pensó Crush, ¿no? Pues lo van a tener. Lo van a tener.

11.11.11

Torre Oeste

— ¿Y desde cuando las prostitutas son doncellas de la Reina?
—Yo no soy una vulgar doncella—La socarrona sonrisa de la joven se hizo más grande aún.
—Oh, pero entonces sí que sois una furcia, ¿no, Lady Dee?
—Cállate, oh, mi gran estúpido.
Y con un beso selló sus labios, evitó que las palabras salieran de su boca. La dolía que la insultasen, más aún cuando tenía un marido como aquel, pero el placer que obtenía era diez veces superior que el ser insultada.
Aquella noche decidió acostarse con Sandor. Este la cogió en brazos, y sin separarse de sus labios, la llevó hasta su propia habitación. Los rumores eran ciertos: la habitación de Lady Dee Strauss era completamente rosa, con rallas, de un estilo que a la gente solía no gustarle. La depositó sobre la cama, y comenzó a bajarle las medias. Ella reía, jadeaba, jugaba con él. Hubo un momento en el que el cuerpo de su amante comenzó a pesarle, y entonces decidió ponerse encima. Sandor intentó desatarle el corsé, pero ella cogió sus manos y las apresó con las suyas propias, sobre su cadera. A diferencia de las prostitutas, ella no se dejaba manosear. Al fin y al cabo, a ella no la pagaban.
Al acabar, lo echó rápidamente de sus aposentos. No quería dejar indicios de lo que había sucedido allí. Y en poco tiempo llegaría su amado hermano, para naufragar de nuevo en la empresa de engendrar un hijo. «Todo sea por no perder nuestro apellido», le había dicho siempre su abuelo. A Dee le importaba un comino su apellido. Ella quería huir de su hermano, quería casarse con un hombre que realmente... que realmente fuese un hombre. Porque en la corte, mucha gente decía que Crush era aclamado más por los hombres que por las mujeres. Y los borrachos siempre dicen la verdad.
Con ayuda de sus doncellas, se quitó el resto de la ropa, y las echó de la habitación. Se sentó en una silla que tenía el cojín de cuero, y se peinó con un cepillo frente al espejo. Se había quedado realmente despeinada al llevarse a Sandor a la cama. Cuando se hubo peinado se metió desnuda en la cama, a esperar a Crush. No le odiaba, pero yacer con su hermano no había sido algo que le entusiasmase. Lo que verdaderamente odiaba era el tener que soportar los insultos de los demás. La gente del pueblo llano la señalaba como si fuese una adúltera, como si fuese una lasciva que no se podía contener. Pero si se sentía así era por culpa de su marido, que no le compensaba en las noches que se suponía debían de ser fogosas. Y se sentía humillada por aquello.
La puerta se abrió de golpe, y eso la asustó. Hizo que pegara un bote en la cama. Su gemelo se tambaleaba, parecía que iba a caerse; volvía a estar borracho. Dee comenzó a temblar. No era la primera vez que Crush aparecía así en sus habitaciones. De hecho, era extraño que no apareciese así.
— ¿Estás bien...? —comenzó ella.
—Sí, sí. Déjame. Ábrete de piernas —le dijo él, brusco, mientras se acercaba a la cama desatándose los calzones.
Dee simplemente obedeció, esperando que todo aquello terminase rápido.
Quizás luego llamase a Sandor de nuevo. Él, al menos, no acudiría borracho.