La princesa embarazada, Dee Strauss, se había pasado todo el día en su cuarto rosa. No era que no había querido salir, había sido por culpa de Crush. Le había prohibido tener experiencias que pudiesen resultar peligrosas para su embarazo. Después de todo, les había costado conseguir tener un hijo. Dee rezaba para que fuesen gemelos, un niño y una niña, para no tener que acostarse con su hermano otra vez. Lo detestaba. Sólo quería irse con Sandor, aquel tío suyo lejano. De hecho, ni Dee sabía qué relación familiar tenía con él. Creía que era el hermano de la esposa del esposo de la esposa de un hermano bastardo de su padre. Creía. Ni siquiera se había preocupado en averiguarlo. Sólo sabía que eran familia, ya que por eso estaba en su corte. Su padre Jean tenía a la Corte de verdad en el Norte, donde un día ellos deberían de estar, gobernando el Este, y quizás, algún día, el Centro también. Aunque no sabía si Crush se atrevería a enfrentarse al marido de su tía. No, no sería capaz. Dee creía firmemente que su hermano era un completo cobarde. Por eso la tenía más o menos presa en su habitación, sin ninguna dama de compañía, y sin ninguna noticia del exterior. Ya habían pasado dos días desde que la habían metido ahí dentro. Ahora estaba a punto de acabar el tercero, puesto que el reloj así lo indicaba. Parecía como si la hubiesen metido en una cárcel. Ni Crush la visitaba. Estaba aburrida, pero había algo más. Sentía como si le estuviesen rompiendo el corazón. Ella era un alma libre. No podía estar encerrada en una habitación, por muy grande que fuese. Necesitaba sentir aire fresco. Y habían tapiado sus ventanas.
Abrió su armario, y buscó un vestido de fiesta. Tendría que ponérselo ella sola. Y el corsé también, aunque su marido no quería que se pusiese ninguno. Tenía miedo de que pudiese abortar, por la presión. Pero a ella, eso le daba igual. Sabía que no pasaría nada. Su madre había llevado corsé durante toda la gestación de ambos, y habían acabado naciendo. Si su madre lo había hecho, ella también podría. Necesitaba ponerse uno de esos vestidos tan maravillosos que se ponía tan de vez en cuando. Quería vestirse con algo ostentoso, estaba cansada del mismo camisón de seda amarillenta que llevaba casi todos los días. Sacó cinco vestidos, de distintos colores, y los puso sobre la cama: uno azul turquesa, como el mar, un azul claro, con un brillo verdoso, pues la tela era raso; uno amarillo, crema, como el camisón que llevaba, pero con perlas y bordados que ella adoraba, y una falda larguísima; uno verde pastel, un verde muy suave, con un bordado en el corsé en hilo de oro, y unas mangas largas y anchas; uno rosa, que tenía los hombros descubiertos, y mangas cortas, con una falda extraña pero bonita; y por último, el púrpura, el que había llevado días antes de su reconocimiento como princesa, el del color de la realeza. Odiaba el púrpura, era un color que ella odiaba, y el rosa no era un color que pudiese llevar en ese instante. El verde no le gustaba, era bastante simplón, y estaba algo sucio. Y estaba harta del amarillo. Decidió ponerse el azul. Tiró los demás vestidos al suelo, y de una patada los esparció por el suelo. Rebuscó un corsé cualquiera, y lo tiró encima del vestido azul, sobre la cama. Después se agachó para coger unos zapatos acorde con el vestido, y los dejó en el suelo. Buscó unas medias que fueran provocativas, y escogió también unos ligueros azules, con encajes fabulosos. Sacó después su joyero, y escogió un collar de esmeraldas, y unos pendientes de perlas. Estaba arreglándose como si fuese a ir a una fiesta.
Cuando el reloj de su habitación tocó las dos y media, una sirvienta entró con una bandeja llena de comida, demasiado para ella, quizás. Dee corrió a cerrar la puerta con llave.
― ¡Señora! ¿Qué hace? ¿Y qué es este desorden? ―la mujer puso la bandeja encima de una mesa, cerca del reloj.
― ¿Cómo te llamas?
―Mura.
―Bien. Mura, ayúdame a ponerme el corsé. Yo sola no puedo ―Lo cogió de la cama y se lo tendió a la camarera, pero esta se mantuvo inmóvil―. Ah, claro, el camisón ―Dee se lo quitó, y se giró―. Adelante, atádmelo.
―Pero mi señora, el príncipe lo ha prohibido...
―Que me lo pongas. ¡Atámelo, te lo ordeno! ―dijo, con un tono enfadado, aunque en realidad estuviese divertida. Mura no tuvo más remedio que ponerse a atarle el corsé, con toda la fuerza que pudo. La ayudó a vestirse, y después ordenó que buscase a sus damas y que las trajera a la habitación. Le tendió uno de sus collares de oro y la mujer corrió a por sus doncellas, no sin que antes Dee le abriese la puerta. Es lo único que entendían, dinero.
Al entrar sus damas, hizo que se sentaran sobre la cama. A ellas no las trataba como a Mula, o como se llamase la camarera. A ellas las consideraba como unas amigas.
―Señoritas, sabed que he estado muy disgustada estos días. No he salido de mi habitación para nada. He pasado las tardes aburrida. Mi señor esposo ha prohibido que nadie me viniese a visitar. Bien. Pues ya estoy harta. Llamad a todos vuestros amigos, tanto a caballeros como a ladys, y haced que bajen a la bodega. Llamad también a una pequeña orquesta, con un violín, una viola, dos o tres flautas, y un tambor. Decidles que, al no avisarles con tiempo, les pagaré el doble.
― ¿Y qué haremos ahí abajo, Dee? ¿Una fiesta?
―Por supuesto, mi querida March. Una fiesta. Con música, invitados, bailes, comida... ¡Oh, comida! ¡Llamad también al cocinero, y que prepare comida como para un banquete de...veinte personas! Pero vendrán cuarenta personas. Así que ya sabéis. ¡Id! ¡Vamos, vamos, vamos! ¡A las diez les quiero a todos en la bodega!
Las doncellas abandonaron la habitación, y Dee se encontró sola. Tenía que pensar cómo escapar de la habitación, cómo salir de allí. Así que se paseó por la habitación, pisando los vestidos que había sacado, mientras cogía pellizcos de comida. No es que no tuviese hambre, al contrario, se moría por comer un cerdo asado ella sola. Pero no podía, era una dama. Y las damas no comían como salvajes. Decidió al final que, en cuanto volviese la camarera esa, Mula, o Mura, se escaparía de la habitación. Iría a las diez y cuarto, a llevarle la cena, y a y media estaría en las bodegas. Era un plan perfecto. Pero tendría que despedirse de otro de sus collares.
Cogió un libro y se puso a leer, para matar el tiempo. Eran las tres menos cuarto. Todavía le quedaban seis horas, como mínimo. Tenía que hacer algo.
Le despertaron unos golpes en la puerta, llamadas, para que la dejase entrar. Sería la camarera. Dee se había quedado dormida leyendo. Se levantó, y se fijó en el reloj. Eran las diez y veinte. Iba a tardar mucho en llegar. Le abrió la puerta y le tendió un collar. Mura lo cogió y Dee se escabulló de la habitación. Consiguió llegar sin ser vista, o al menos no mucho, y cuando llegó, se encontró con Crush. No pudo evitar el quedarse con la boca abierta.
― ¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?! ―gritó, por encima del violín y la flauta. Todo el mundo calló, y dejaron de bailar. Crush se dirigió hacia ella, con una sonrisa. Él lo sabía todo. La cogió del brazo y apretó su muñeca con fuerza, para hacerla daño. Pero sonreía.
― ¿Y tú? ¿Qué haces con un corsé? ¿Qué haces aquí? ―le susurró, bastante amenazante―. Músicos, tocad algo. La princesa y yo queremos bailar. ¡Vamos! ―Hizo que Dee diera una vuelta, y la cogió por la cintura. Ella no sabía qué estaba ocurriendo. Pero al menos estaba moviéndose, estaba bailando. No con quien quisiera, pero al menos, de momento, no le había caído una gran bronca. ¿Quién la habría delatado? Quizás Fyre, era su mejor amigo. O al ver que Sandor abandonaba su puesto junto a su pequeño Parlamento, habría decidido interrogarle. Quién sabe. O quizás Mura se lo había contado. Su castillo estaba lleno de chivatos. No podía confiar en nadie.
Al terminar de bailar, Crush la cogió de la muñeca otra vez y se la llevó a una esquina. Por el camino cogió una copa y una jarra de vino de la mesa. Ahora sí que le caería una bronca. La empujó contra la pared, y se puso muy pegado a ella.
― ¿Qué haces aquí? Te mandé que te quedaras en tu habitación. Te ordené quedarte ahí hasta que dieses a luz. ¿Por qué no me haces caso?
Consiguió que Crush se separase un poco de ella, y se echó vino en la copa. Lo bebió y volvió a llenarla.
― Yo estaba aburrida de mi habitación. Allí no puedo hacer nada. No tengo a nadie que me visite. Me aburro. Pero... ¿qué haces tú aquí?
―El cocinero me lo ha contado todo. Estaba de mal humor. Creyó que yo era el que había encargado hacer el banquete que has montado. Y decidí venir. Ahora, tú vas a irte de aquí, de inmediato, y te quitarás ese corsé, no quiero que nuestro hijo muera, y después... Dee, ¿me estás escuchando? ¿Quieres dejar de beber? Es malo para el niño.
Dee había estado sirviéndose varias copas mientras su hermano hablaba. No paraba de beber.
― ¿Y tú que sabrás? ¡¿Qué sabrás si es malo?! ¡¿Acaso estás tú embarazado?!
Crush le abofeteó. Ya estaba harto de ella. Dee se volvió a servir otra copa de vino, y mientras la bebía comenzó a reírse.
― ¿De qué te ríes? ―preguntó Crush, malhumorado.
―De ti ―llegados a ese punto, comenzó a reír como una loca. Todavía no estaba borracha―. Crees que eres un rey, un príncipe. Y te sientes un hombre al pegarme, al tocarme ―Dejó de reír―. Pues ya estoy harta de ti. Ojalá te murieras.
Tiró la jarra y la copa al suelo, y el vino corrió por el suelo de piedra de la bodega. Volvió a hacerse el silencio. Le empujó y salió de la sala.
No quería volver a verle. Se dirigió a su habitación. Buscó una hoja en blanco, y sacó su tintero. Tiró las dos bandejas que habían sobre la mesa en la que estaba el reloj, y se puso a escribir, casi llorando.
Querida tía:Sé que vais a venir expresamente para felicitarme por mi embarazo. Os lo agradezco. Y también os agradecería el que me llevaseis con vosotros cuando regresarais a la Este, o a cualquier otro lado. Lo que fuese, con tal de alejarme de mi hermano. Pretende mantenerme encerrada en mi habitación hasta que para. Estaréis conmigo en que es una locura.Vuestra querida y humilde sobrina, Dee.Dobló el papel y se dirigió a la puerta, para salir de su habitación. Pero en ese momento, se chocó con Crush. Le dio un empujón, pero este volvió a cogerla del brazo, y la atrajo hacia sí. Tenía el brazo morado.
―Dee... ―empezó.
―Suéltame. Te dije que te fueras con quien te diese la gana. Déjame.
―Idiota. Yo no quiero a ninguna de esas. Te quiero a ti ―La arrastró hasta que consiguió meterla en la habitación, y cerró la puerta―. Te quiero a ti, Dee. Te quiero ―Intentó besarla, pero ella le dio una patada en la pierna.
―Déjame en paz. Estás loco ―le dijo, furiosa, mientras salía de la habitación y corría por el pasillo. Debía de mandar esa carta cuanto antes. Exigiría que el caballo corriese día y noche. Tenía que llegar antes de que sus tíos saliesen de Torre Este.
―Sólo los locos aman a mujeres como tú ―le gritó Crush, mientras la veía correr, y sonreía. De verdad la quería. Pero así sólo conseguía que le odiase.