21.11.11

Torre Oeste

El día amaneció oscuro, con nubes grises que cubrían el sol. El frío penetraba las rocas que formaban la pared de aquella torre, y la respiración de Crush empañaba los cristales. Miraba hacia afuera, temblando por la ira. Otra vez. La había vuelto a descubrir otra vez. Y le daba igual, pero tenía otros motivos para estar enfadado con Dee. Pocos, comparados con las buenas noticias, aunque tenía motivos. Y él era un hombre, al fin y al cabo.
Cerró los ojos y apoyó la frente en la ventana. El cristal estaba frío, pero él no hizo ademán de levantar la cabeza. Estaba cansado, y mareado. Cansado por tener que aguantar la aguda y molesta voz de su hermana, cansado por escuchar siempre las mismas excusas, cansado por ella. Y mareado por la resaca del día anterior, otra borrachera.
―Te juro que lo siento. De verdad, lo juro. De verdad, de verdad, de verdad, de verdad. Nunca más lo volveré a hacer. Pero es injusto que te pongas así conmigo. Después de todo, yo no oculto mi infelicidad por el hecho de que me seas infiel con otros hombres, yo me lo ca...
No quiso seguir escuchando más y se giró bruscamente. Estaba harto. Eran rumores. Meros rumores. Podían tener algo de verdad, pero él no iba a dar motivos de guerra. Que el pueblo pensase lo que quisiera; si su esposa no se quedaba embarazada, no era por su culpa. Era culpa de ella, ella, y ella sola.
―CÁLLATE ―dijo, alzando un poco la voz. En cuanto ella hubo cerrado la boca y bajado los ojos, él volvió a recuperar su tono normal―. No tienes ni idea de lo que estás hablando. ¿De verdad crees esos estúpidos rumores? Son mentira, Dee. Mentiras inventadas por la gente. Ellos no lo entienden. No lo saben.
― ¿Qué no entienden? ¿Qué no saben? ―repitió ella, brusca, retórica―. Si yo les doy la razón es por algo. Acudes a mis aposentos borracho, te duermes sin ni siquiera terminar... ¡Y maldita sea, mis doncellas lo escuchan! ¡Escuchan tus ronquidos! ¡Me humillas!
― ¡Es que un rey no puede estar atento de los rumores del maldito pueblo, Dee! ¡¿Qué no entiendes?! ―gritó Crish, como una niño pequeño― ¡El pueblo está para obedecer, no para inventar rumores! ¡Por mí como si te hubieras quedado preñada de uno de tus amantes! ¡Me da exactamente igual!
En ese momento, los ojos de Dee empezaron a llenarse de lágrimas, y después, empezó a llorar. Se tiró encima de la cama, con la cara hundida en una almohada. A Crush se le pasó por la cabeza la idea de ahogarla. Pero era su esposa, no podía hacerlo. Además, ellos dos eran los últimos Strauss. No se podía permitir el lujo de que una cualquiera engendrase a su hijo. Tenía que hacerlo Dee, y sólo ella. Así se lo habían enseñado. Y era su hermana, y la quería. No iba a matarla por una rabieta. No se merecía eso.
Esperó un poco, hasta que dejase de llorar, y después se acercó a ella, se sentó en un borde de la cama, y se tumbó a su lado. La mayoría del tiempo, la quería como un hermano quiere a su hermana, amor fraternal. Pero ese era uno de los momentos en los que de verdad la amaba, en los que de verdad deseaba ser su marido, y sólo eso. Él se odiaba, se repelía a sí mismo de la aberración que estaba haciendo. Casarse con su hermana, acostarse con ella, engendrar un hijo juntos. Le daba asco. Pero sus padres lo habían hecho, y sus abuelos. Y la mayoría de sus antepasados también. Él no iba a ser el que estropease las cosas.
―Escucha, Dee ―Ella se giró, de modo que se puso de espaldas hacia él; no quería hablarle. Crush se mordió un labio. La abrazó y apretó su cara contra el pelo rojo de su hermana―. No lo decía en serio. Lo siento ―Sabía que había hecho mal al disculparse, pero es que realmente sentía que debía de hacerlo. Después de todo, ella no había hecho más que decirle claramente lo que toda la gente de las Tierras Al Oeste rumoreaban―. Te quiero ―le susurró, y después de apartarle un poco el pelo de su cuello, comenzó a besarla y a manosear su pecho. Dee se revolvió hasta que consiguió levantarse de la cama. Entonces, cogió una capa que había en el suelo y se cubrió con ella. Alzó la barbilla, y miró a su hermano, seria y soberbia, como una bellísima estatua de mármol.
―No pienso dejar que me toques hasta que el niño nazca. Ya puedes ir buscándote a alguien que te dé placer. No voy a permitir que me trates como a una prostituta. No lo soy.
Y dicho esto, salió de la habitación.
Aquello era lo bueno de todo. Por fin se había quedado embarazada. Tan sólo una semana después de enterarse de lo de Sandor, motivo por el que estaba enfadado con ella, Dee se había quedado embarazada.
Esto es lo que el pueblo quiere, un principito, pensó Crush, ¿no? Pues lo van a tener. Lo van a tener.

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