Llegó al puesto de vigilancia, agotado, casi con el corazón en la boca.
― ¡Jim! ¡¿Qué pasa?! ¿Qué haces aquí? ―le preguntó alarmado el capataz. Este esperó a que Jim se calmase un poco, ya que apenas podía hablar.
― ¡Habían barcos en la playa! ¡Muchos barcos! ¡Barcos de pescadores! ―gritó él, sin aliento. Debía de decirlo cuanto antes.
― ¿Barcos? ¿Y qué tienen dentro? ―preguntó, un poco más tranquilo.
―Pues... no lo sé... he vuelto corriendo de allí... ni siquiera han llegado a la orilla...
―Pues vuelve. Y cuando sepas lo que hay dentro, vienes aquí y me lo cuentas. Y entonces ya veré si dar el aviso o no. Eres un maldito vago. Lo que sea con tal de no estar entre rocas, ¿eh? ¡Vete, holgazán! ―le gritó el capataz a Jim. Se volvió a sentar en su tocón― Venga. ¿A qué estás esperando?
El chico se fue corriendo otra vez a la playa, y descubrió que al menos, los veinte barcos que había contado, ya habían llegado a las orillas, y se habían parado. Jim se acercó a uno con cautela, despacio. No sabía qué podía haber. Le habían contado de pequeño que los bárbaros atacaban de una forma parecida, escondidos, tumbados en las barcas. Así que decidió detenerse un instante, coger una de las piedras del suelo, y lanzarla la barca. No oyó nada, ni nada se movió, así que volvió a andar, un poco más tranquilo. Pero seguía andando despacio. Al llegar, se asomó un poco. Y lo que vio, lo dejó sin habla.
Era un hombre tumbado, helado, con una espada y un papel entre los brazos cruzados. Pero sus brazos estaban cosidos. Y le faltaba una mano. Y sobre todo, le faltaba la cabeza. Tenía la piel blanca, aunque en el cuello y los hombros era negra. La cabeza estaba al final de la barca, lejos de su cuerpo. Le faltaban los párpados. Era un espectáculo macabro, por supuesto. Retrocedió con rapidez, y se dirigió a otro barco. Este era casi igual, aunque, en vez de tener un hombre, tenía una mujer, con los pechos helados al aire, y un niño pequeño entre sus brazos, sin cabeza también. Volvió corriendo hacia el puesto de vigilancia, y le contó lo que había visto al capataz. Este bajó a la playa, y desde ella, le gritó que encendiese rápidamente la hoguera. Jim se metió dentro de la casita de madera que estaba cerca del faro, y cogió uno de los maderos que estaban en el fuego. Salió y lo tiró al resto de las maderas. Al cabo de un rato, su jefe regresó, con el papel que tenía el hombre descabezado entre los dedos.
Se lo tendió a Jim.
―Tú sabes leer, ¿no? Pues lee lo que dice. Venga, entremos en la casa.
Se metieron en la caseta, y al fuego, Jim miró el papel. Olía a pescado. Se sentó en el sillón del capataz, lo que hizo que este soltase un gruñido. Miró cada una de las letras, leyó las palabras, con dificultad. Era cierto que sabía leer, pero había aprendido cuando tenía cinco o seis años. Y de eso hacían ya unos diez años. Ya casi no se acordaba.
―Dice... Dice que... Dice algo de la noche... Y de guerra... Espera. La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos ―Paró durante un momento. La tinta se había mojado, y se había corrido―. Y aquí dice algo de una cabeza. Creo que pone no perdáis la cabeza, y luego dice como El de la Espada. Es decir... El mensaje entero es... esto...
―La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos. No perdáis la cabeza como El de la Espada. Ve a Fuerte Gris y diles que te envíen al Rey. Coge mi caballo. ¡Vamos, Jim, no pierdas el tiempo! ―le gritó, mientras le echaba de la cabaña― ¡Y no te olvides del mensaje!
Jim cogió el caballo del pequeño establo que había detrás de la cabaña, y empezó a cabalgar hacia el centro de la península, hacia el Fuerte Gris. Era una construcción de piedra enorme, en la que residía el padre de Crush, el Rey Jean Strauss II. No era viejo, tenía unos treinta y cinco años. Pero parecía que tenía más de sesenta. Fuerte Gris, sin embargo, no aparentaba los años que tenía. Casi más de cien años poseían las piedras de aquella fortaleza, y conservaba un aspecto inmaculado, como si el tiempo no hubiera pasado desde que la construyeron. Estaba lejos de la playa, lejos de aquel faro, pero a caballo era rápido de recorrer. En media hora estuvo allí, un poco mojado, porque había llovido durante el camino.
― ¿Quién es? ―gritó un soldado entre dos almenas.
― ¡Vengo del faro norte, traigo noticias para el Rey! ¡Mi nombre es Jimmy Hoslehaff!
El puente levadizo bajó ante él, y pasó hasta el interior de la fortaleza. Dejó al caballo en la entrada, y un par de soldados lo llevaron hasta el establo. Otro soldado le guió hasta el interior del castillo, y lo dejó a la entrada de la sala del Rey. Se la conocía así porque allí era donde el Rey estaba siempre, para las audiencias y demás. Además del Rey, siempre habían varios pajes, y soldados, y bastantes nobles. Jim entró con cautela. Era un chico muy miedoso, bastante tímido. Entró, y su nombre y posición fue dicha en alto. El chico hizo una reverencia que consistió en casi tirarse al suelo, como si le fuese el alma en ello. Pero el rey Jean se saltó el protocolo. Bajó de su trono e hizo levantarse al joven.
― Dime, muchacho, ¿qué ha sucedido en la playa del norte?
―Han sido avistadas más de cien barcas de pescador, con una vela en el centro. Pero... pero...
― ¡¿Pero qué, muchacho?! ¿Qué ha sucedido? ¡Vamos, habla!
―Me acerqué a una de esas barcas, y dentro había un hombre helado sin cabeza, tumbado, con los brazos cortados pero cosidos. Entre los brazos, así los tenía ―Cruzó los brazos sobre su pecho, imitando el cadáver―, llevaba una espada, y un papel. Y en el papel ponía lo siguiente: La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos. No perdáis la cabeza como El de la Espada.
El rey se subió a su trono y se desplomó en él. Tenía una idea lejana de qué era eso.
― ¿Sabes si su cabeza estaba en otros barcos?
―Estaba en la misma barca en la que estaba su cuerpo, mi señor. Le faltaban los párpados.
― ¿Y de qué color eran sus ojos?
Jim se quedó durante un instante un poco pensativo.
―Azules... Azules claros. Como los vuestros, mi señor. Y en otra barca, había una mujer congelada, con... con el pecho... ―Se sonrojó un poco―, y con un niño entre los brazos, como si estuviera cogiéndolo, y el niño también estaba congelado, y la mujer y el niño también tenían los brazos cortados, y la cabeza igual, y tampoco tenían párpados. Y estos también tenían los ojos claros.
Durante unos instantes, reinó el silencio en la sala. Los pajes, soldados y nobles que habían allí se pusieron a cotorrear entre ellos al cabo de un rato, pero Jean Strauss seguía en silencio. Estaba pensando.
―Lord Windtalt, llevaos al joven a vuestros aposentos. Procurad que se lave y se seque, que coma y descanse. Mañana mismo, por la mañana, iremos a la playa del norte. Y tú, muchacho, tú nos llevarás hasta allí. Pueden irse.
Un hombre de unos treinta años, alto, delgado, y moreno, con una barba totalmente simétrica y el pelo corto, se dirigió hacia Jim. Era Lord Samuel Windtalt, señor del Condado del Norte. Técnicamente, era el dueño de Fuerte Gris. Pero debía de estar siempre disponible para el todavía rey Jean, aunque se rumoreaba que tenía problemas de corazón, y en cuanto muriese, su hijo Crush sería el nuevo rey. Y entonces, Lord Windtalt podría vivir en Fuerte Gris sin problemas, en su habitación. Jim, en el fondo, sentía pena por el Rey. Media corte deseaba su muerte.
Jim se inclinó un poco ante él, mientras el resto de gente salió de la sala, incluido el Rey. Al final, sólo se quedaron ellos dos y tres soldados guardando la entrada.
―Sígueme, chico ―dijo el Lord―. Esta noche dormirás en una habitación que está comunicada a la mía. Tendrás pajes que te proporcionarán cuanto necesites. Vamos.
Salió de la sala, y le hizo recorrer la mayoría del castillo. Las habitaciones de Lord Windtalt estaban en la otra punta del castillo. Jim se maravillaba con todos los cuadros y telas que habían en las paredes, y cada vez que cruzaban un pasillo, tenían que pararse diez minutos para que el joven vigía pudiese admirar las pinturas de los antepasados y amigos del Rey. En una de esas ocasiones, Lord Windtalt consideró que había demasiado silencio en la sala. Además, tenía preguntas, así que habló.
―Oye, chico, ¿cómo te llamas?
―Me llamo Jimmy Hoslehaff. Pero mis amigos me llaman Jim ―dijo el chico, mientras miraba la pintura de una chica joven, pelirroja, con ojos azules; una Strauss―. ¿Quién es ella? ―preguntó, sin dejar de mirar el cuadro.
―Es Dee Strauss, la hija del Rey. ¿Y cuántos años tienes?
―Tengo casi dieciséis años ―Siguió mirando la pintura. Le encantaba sobre todo la cara de la joven. No la conocía. Sabía que el Rey tenía dos hijos, dos gemelos, pero no sabía cómo eran. Le sorprendió la belleza de la chica, sabiendo el aspecto de su padre. Su nariz puntiaguda era lo que le volvía loco. Lo que más. Era realmente atractiva―. Es muy hermosa.
―Sí. Lástima que ya esté casada ―Samuel también miró el cuadro. La verdad era que la habían retratado muy bien. Pero ese cuadro no la hacía justicia. Él la había visto, el día de su boda con su hermano, y era mucho más bella en persona que en ese cuadro―. ¿Y qué hay de ti?
― ¿De mí? ―Jim dejó de mirar el cuadro para mirar a Lord Windtalt― ¿Os referís a si estoy casado o no?
―Sí, señor Hoslehaff.
―Ah... Pues... Pues la verdad es que no ―dijo el chico con una sonrisa―. No he conocido a ninguna mujer todavía.
El noble se extrañó. La verdad era que el chico le resultaba guapo. Jim tenía el pelo castaño claro, tirando a rubio, y los ojos eran azules oscuros. Era bastante alto para su edad, y a simple vista, parecía un chico tranquilo, amable y sensato. Le parecía muy extraño.
― ¿Has estado alguna vez en el sur?
―He estado en Torre Norte.
Samuel simplemente asintió. Volvieron a retomar su camino, y consiguieron llegar hasta las habitaciones del chico. Jim se había quedado un poco extrañado de esa pregunta. ¿Qué le importaría a un noble su nombre, su edad, si estaba casado o no? En cierto modo, le enfadaba. Al llegar a la que iba a ser la habitación del vigía, el Lord se fue a su habitación para que Jim se diese un baño. Después del baño, se sentaron al fuego y tomaron una cena muy ligera. Pero en silencio, un silencio tenso. Al acabar la cena, se fueron a la cama. Jim se tumbó en su cama. Samuel se dirigió a la puerta que daba a su habitación, y antes de irse, le dijo:
―Te llevaré al sur conmigo. Más allá de Britch, más allá de Kynsland. Te llevaré a la isla. Allí te harán un hombre.
Jim no dijo nada.
Simplemente, le dio las buenas noches y se puso a dormir.