27.11.11

Fuerte Gris

Jim se percató de que, entre la niebla, veía unas barcas. No eran barcos como los suyos, barcos de guerra, con cañones y varios metros de altura. Parecían ser barcas de pescadores, con tan solo una vela, de dos metros como mucho. Pero eran cientos, por no decir miles. Centenares de velas blancas se acercaban a la playa desde la que Jim estaba observando. Al principio, al ver la primera o la segunda, le pareció que no debía de avisar a su jefe. Pero al contar más de veinte, salió disparado hacia la colina en la que estaba el faro de madera que habían preparado. Se cayó varias veces por el camino, ya que las Tierras del Norte al Este eran escarpadas, aunque bastante verdes.
Llegó al puesto de vigilancia, agotado, casi con el corazón en la boca.
― ¡Jim! ¡¿Qué pasa?! ¿Qué haces aquí? ―le preguntó alarmado el capataz. Este esperó a que Jim se calmase un poco, ya que apenas podía hablar.
― ¡Habían barcos en la playa! ¡Muchos barcos! ¡Barcos de pescadores! ―gritó él, sin aliento. Debía de decirlo cuanto antes.
― ¿Barcos? ¿Y qué tienen dentro? ―preguntó, un poco más tranquilo.
―Pues... no lo sé... he vuelto corriendo de allí... ni siquiera han llegado a la orilla...
―Pues vuelve. Y cuando sepas lo que hay dentro, vienes aquí y me lo cuentas. Y entonces ya veré si dar el aviso o no. Eres un maldito vago. Lo que sea con tal de no estar entre rocas, ¿eh? ¡Vete, holgazán! ―le gritó el capataz a Jim. Se volvió a sentar en su tocón― Venga. ¿A qué estás esperando?
El chico se fue corriendo otra vez a la playa, y descubrió que al menos, los veinte barcos que había contado, ya habían llegado a las orillas, y se habían parado. Jim se acercó a uno con cautela, despacio. No sabía qué podía haber. Le habían contado de pequeño que los bárbaros atacaban de una forma parecida, escondidos, tumbados en las barcas. Así que decidió detenerse un instante, coger una de las piedras del suelo, y lanzarla la barca. No oyó nada, ni nada se movió, así que volvió a andar, un poco más tranquilo. Pero seguía andando despacio. Al llegar, se asomó un poco. Y lo que vio, lo dejó sin habla.
Era un hombre tumbado, helado, con una espada y un papel entre los brazos cruzados. Pero sus brazos estaban cosidos. Y le faltaba una mano. Y sobre todo, le faltaba la cabeza. Tenía la piel blanca, aunque en el cuello y los hombros era negra. La cabeza estaba al final de la barca, lejos de su cuerpo. Le faltaban los párpados. Era un espectáculo macabro, por supuesto. Retrocedió con rapidez, y se dirigió a otro barco. Este era casi igual, aunque, en vez de tener un hombre, tenía una mujer, con los pechos helados al aire, y un niño pequeño entre sus brazos, sin cabeza también. Volvió corriendo hacia el puesto de vigilancia, y le contó lo que había visto al capataz. Este bajó a la playa, y desde ella, le gritó que encendiese rápidamente la hoguera. Jim se metió dentro de la casita de madera que estaba cerca del faro, y cogió uno de los maderos que estaban en el fuego. Salió y lo tiró al resto de las maderas. Al cabo de un rato, su jefe regresó, con el papel que tenía el hombre descabezado entre los dedos.
Se lo tendió a Jim.
―Tú sabes leer, ¿no? Pues lee lo que dice. Venga, entremos en la casa.
Se metieron en la caseta, y al fuego, Jim miró el papel. Olía a pescado. Se sentó en el sillón del capataz, lo que hizo que este soltase un gruñido. Miró cada una de las letras, leyó las palabras, con dificultad. Era cierto que sabía leer, pero había aprendido cuando tenía cinco o seis años. Y de eso hacían ya unos diez años. Ya casi no se acordaba.
―Dice... Dice que... Dice algo de la noche... Y de guerra... Espera. La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos ―Paró durante un momento. La tinta se había mojado, y se había corrido―. Y aquí dice algo de una cabeza. Creo que pone no perdáis la cabeza, y luego dice como El de la Espada. Es decir... El mensaje entero es... esto...
La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos. No perdáis la cabeza como El de la Espada. Ve a Fuerte Gris y diles que te envíen al Rey. Coge mi caballo. ¡Vamos, Jim, no pierdas el tiempo! ―le gritó, mientras le echaba de la cabaña― ¡Y no te olvides del mensaje!
Jim cogió el caballo del pequeño establo que había detrás de la cabaña, y empezó a cabalgar hacia el centro de la península, hacia el Fuerte Gris. Era una construcción de piedra enorme, en la que residía el padre de Crush, el Rey Jean Strauss II. No era viejo, tenía unos treinta y cinco años. Pero parecía que tenía más de sesenta. Fuerte Gris, sin embargo, no aparentaba los años que tenía. Casi más de cien años poseían las piedras de aquella fortaleza, y conservaba un aspecto inmaculado, como si el tiempo no hubiera pasado desde que la construyeron. Estaba lejos de la playa, lejos de aquel faro, pero a caballo era rápido de recorrer. En media hora estuvo allí, un poco mojado, porque había llovido durante el camino.
― ¿Quién es? ―gritó un soldado entre dos almenas.
― ¡Vengo del faro norte, traigo noticias para el Rey! ¡Mi nombre es Jimmy Hoslehaff!
El puente levadizo bajó ante él, y pasó hasta el interior de la fortaleza. Dejó al caballo en la entrada, y un par de soldados lo llevaron hasta el establo. Otro soldado le guió hasta el interior del castillo, y lo dejó a la entrada de la sala del Rey. Se la conocía así porque allí era donde el Rey estaba siempre, para las audiencias y demás. Además del Rey, siempre habían varios pajes, y soldados, y bastantes nobles. Jim entró con cautela. Era un chico muy miedoso, bastante tímido. Entró, y su nombre y posición fue dicha en alto. El chico hizo una reverencia que consistió en casi tirarse al suelo, como si le fuese el alma en ello. Pero el rey Jean se saltó el protocolo. Bajó de su trono e hizo levantarse al joven.
― Dime, muchacho, ¿qué ha sucedido en la playa del norte?
―Han sido avistadas más de cien barcas de pescador, con una vela en el centro. Pero... pero...
― ¡¿Pero qué, muchacho?! ¿Qué ha sucedido? ¡Vamos, habla!
―Me acerqué a una de esas barcas, y dentro había un hombre helado sin cabeza, tumbado, con los brazos cortados pero cosidos. Entre los brazos, así los tenía ―Cruzó los brazos sobre su pecho, imitando el cadáver―, llevaba una espada, y un papel. Y en el papel ponía lo siguiente: La guerra vendrá a vosotros en la noche. Manteneos despiertos. No perdáis la cabeza como El de la Espada.
El rey se subió a su trono y se desplomó en él. Tenía una idea lejana de qué era eso.
― ¿Sabes si su cabeza estaba en otros barcos?
―Estaba en la misma barca en la que estaba su cuerpo, mi señor. Le faltaban los párpados.
― ¿Y de qué color eran sus ojos?
Jim se quedó durante un instante un poco pensativo.
―Azules... Azules claros. Como los vuestros, mi señor. Y en otra barca, había una mujer congelada, con... con el pecho... ―Se sonrojó un poco―, y con un niño entre los brazos, como si estuviera cogiéndolo, y el niño también estaba congelado, y la mujer y el niño también tenían los brazos cortados, y la cabeza igual, y tampoco tenían párpados. Y estos también tenían los ojos claros.
Durante unos instantes, reinó el silencio en la sala. Los pajes, soldados y nobles que habían allí se pusieron a cotorrear entre ellos al cabo de un rato, pero Jean Strauss seguía en silencio. Estaba pensando.
―Lord Windtalt, llevaos al joven a vuestros aposentos. Procurad que se lave y se seque, que coma y descanse. Mañana mismo, por la mañana, iremos a la playa del norte. Y tú, muchacho, tú nos llevarás hasta allí. Pueden irse.
Un hombre de unos treinta años, alto, delgado, y moreno, con una barba totalmente simétrica y el pelo corto, se dirigió hacia Jim. Era Lord Samuel Windtalt, señor del Condado del Norte. Técnicamente, era el dueño de Fuerte Gris. Pero debía de estar siempre disponible para el todavía rey Jean, aunque se rumoreaba que tenía problemas de corazón, y en cuanto muriese, su hijo Crush sería el nuevo rey. Y entonces, Lord Windtalt podría vivir en Fuerte Gris sin problemas, en su habitación. Jim, en el fondo, sentía pena por el Rey. Media corte deseaba su muerte.
Jim se inclinó un poco ante él, mientras el resto de gente salió de la sala, incluido el Rey. Al final, sólo se quedaron ellos dos y tres soldados guardando la entrada.
―Sígueme, chico ―dijo el Lord―. Esta noche dormirás en una habitación que está comunicada a la mía. Tendrás pajes que te proporcionarán cuanto necesites. Vamos.
Salió de la sala, y le hizo recorrer la mayoría del castillo. Las habitaciones de Lord Windtalt estaban en la otra punta del castillo. Jim se maravillaba con todos los cuadros y telas que habían en las paredes, y cada vez que cruzaban un pasillo, tenían que pararse diez minutos para que el joven vigía pudiese admirar las pinturas de los antepasados y amigos del Rey. En una de esas ocasiones, Lord Windtalt consideró que había demasiado silencio en la sala. Además, tenía preguntas, así que habló.
―Oye, chico, ¿cómo te llamas?
―Me llamo Jimmy Hoslehaff. Pero mis amigos me llaman Jim ―dijo el chico, mientras miraba la pintura de una chica joven, pelirroja, con ojos azules; una Strauss―. ¿Quién es ella? ―preguntó, sin dejar de mirar el cuadro.
―Es Dee Strauss, la hija del Rey. ¿Y cuántos años tienes?
―Tengo casi dieciséis años ―Siguió mirando la pintura. Le encantaba sobre todo la cara de la joven. No la conocía. Sabía que el Rey tenía dos hijos, dos gemelos, pero no sabía cómo eran. Le sorprendió la belleza de la chica, sabiendo el aspecto de su padre. Su nariz puntiaguda era lo que le volvía loco. Lo que más. Era realmente atractiva―. Es muy hermosa.
―Sí. Lástima que ya esté casada ―Samuel también miró el cuadro. La verdad era que la habían retratado muy bien. Pero ese cuadro no la hacía justicia. Él la había visto, el día de su boda con su hermano, y era mucho más bella en persona que en ese cuadro―. ¿Y qué hay de ti?
― ¿De mí? ―Jim dejó de mirar el cuadro para mirar a Lord Windtalt― ¿Os referís a si estoy casado o no?
―Sí, señor Hoslehaff.
―Ah... Pues... Pues la verdad es que no ―dijo el chico con una sonrisa―. No he conocido a ninguna mujer todavía.
El noble se extrañó. La verdad era que el chico le resultaba guapo. Jim tenía el pelo castaño claro, tirando a rubio, y los ojos eran azules oscuros. Era bastante alto para su edad, y a simple vista, parecía un chico tranquilo, amable y sensato. Le parecía muy extraño.
― ¿Has estado alguna vez en el sur?
―He estado en Torre Norte.
Samuel simplemente asintió. Volvieron a retomar su camino, y consiguieron llegar hasta las habitaciones del chico. Jim se había quedado un poco extrañado de esa pregunta. ¿Qué le importaría a un noble su nombre, su edad, si estaba casado o no? En cierto modo, le enfadaba. Al llegar a la que iba a ser la habitación del vigía, el Lord se fue a su habitación para que Jim se diese un baño. Después del baño, se sentaron al fuego y tomaron una cena muy ligera. Pero en silencio, un silencio tenso. Al acabar la cena, se fueron a la cama. Jim se tumbó en su cama. Samuel se dirigió a la puerta que daba a su habitación, y antes de irse, le dijo:
―Te llevaré al sur conmigo. Más allá de Britch, más allá de Kynsland. Te llevaré a la isla. Allí te harán un hombre.
Jim no dijo nada.
Simplemente, le dio las buenas noches y se puso a dormir.

22.11.11

Torre Este

George Bubied no era un anciano. Y su esposa, Jioana Strauss, tampoco. Y sin embargo, ya les habían llegado las nuevas, nuevas que anunciaban que tenían un posible sobrino-nieto. Era más de lo que pensaban que podrían llegar a ver. Al fin y al cabo, Dee y Crush no tenían ni veinte años. Era normal que la noticia les sorprendiera. Jioana se sintió feliz, alegre de la noticia. Al fin y al cabo, era su familia.
Quien no estaba para nada contento era su esposo, George. El más joven de todos los George, el último, George Bubied VI. Jioana le había mencionado el ir al Torre Oeste a pasar con ellos un par de semanas, y darle los regalos que se esperase que tuvieran que entregarles, pero George se opuso rotundamente a ello. Odiaba a los Strauss casi tanto como quería a Jioana. Ya se lo había dejado bien claro: si quería ir ella, que fuera sola. Él no se metería en territorio Strauss. Ni loco. Esos que se parecían tanto a los animales, teniendo hijos entre sí, fruto del incesto... A sus ojos eso no estaba bien visto. Había aprendido a convivir con ello, pero no le gustaba. Al principio de su matrimonio, había odiado a Jioana. Intentaba verla sólo cuando el deber le llamase, pero al final, se había acabado enamorando de ella. No era una mujer bella, ni con un cuerpo en demasía bonito, pero era inteligente, y amable, y su sonrisa era preciosa, la más alegre de todo el reino. George se sentía afortunado de tener a una mujer como Jioana por esposa. La quería con todo su corazón, la amaba hasta el infinito. Ya se lo había demostrado en varias ocasiones, pues había construido altares en su honor, erigido estatuas que la representaban, le había regalado los castillos más bonitos en los lugares más hermosos que poseía... Todo para ella. Si pedía una caja de fresas en pleno verano, él removía cielo y tierra para entregárselas. Y a pesar de todas las atenciones que la prestaba, sólo habían tenido un hijo. Tenían ya más de veinticinco años, y con aquella edad, los padres de George ya habían tenido cuatro hijos. Y no se querían mucho, precisamente. Ellos tan sólo tenían a un niño pequeño, que no tenía ni dos años. Aún así, George era feliz con su vida. Rey de territorios inmensos, marido de la mujer a la que amaba, un hijo fruto del amor que le profesaba a esta... Se sentía completamente feliz. Al menos, esto era así hasta el día en que le llegó la noticia del embarazo de su sobrina.
Lo cierto era que debía de ir a presentar sus respetos. Eso era lo mínimo. Pero no quería ir a ver a esa aberración que eran Dee y su hijo. Él ya sabía los rumores que rodeaban el honor de su sobrina, y lo más posible era que el hijo que esperase fuera ilegítimo. Pero no sabía qué hipótesis era la mejor, si que el niño fuera un bastardo o que fuese hijo de su hermano Crush. Ambas ideas le parecían poco honorables. Aunque algo debía de hacer al respecto. Si se quedaba en el Torre Este mientras que su mujer iba al Torre Oeste, lo más probable era que el rey Strauss se enfadase, y si iba... Si iba, él mismo no se lo perdonaría en su vida. Quería a Jioana, y con eso era suficiente. Con querer a una Strauss ya se sentía bastante humillado, aunque a la vez, le gustase quererla.
George lo estuvo pensando una y otra vez tumbado en la cama, con la cabeza de su esposa en el pecho desnudo. Cogió uno de sus mechones pelirrojos y empezó a jugar con él, pensativo. ¿Debía ir o no? También, la verdad sea dicha de paso, sería de mala educación no ir. Al fin y al cabo, eran familia. Política, pero familia. La miró, y por un momento sintió vergüenza de estar casado con ella. Era otra aberración, sus padres eran hermanos y la habían engendrado de la misma forma en la que ellos habían tenido a William. Pero al pensar en aquello, también les comprendía un poco. Debían de quererse, tanto como ellos dos, para hacer aquello. Así que al final decidió que iría. Un día o dos, pero iría. Después de todo, no debía permitirse el lujo de ganarse enemigos. Eso era precisamente lo que no le hacía falta.
―Eh, Jioana ―le susurró, mirándola con cariño. Ella estaba despierta, aunque con los ojos cerrados―. Iré contigo. Pero por poco tiempo.
Jioana simplemente se incorporó un poco y le besó. Fue un beso largo, con cariño y pasión, que hizo que George quisiera tomarla en ese mismo instante. Pero estaba cansado del largo día de caza, así que decidió que era mejor dormir. Cerró los ojos y abrazó a su esposa, entre las sábanas del fuerte más cercano a las Tierras Al Este, y se durmió con una sonrisa en el rostro. Definitivamente, ese había sido un día perfecto.
Excepcionando el momento del mensaje, claro.

21.11.11

Torre Oeste

El día amaneció oscuro, con nubes grises que cubrían el sol. El frío penetraba las rocas que formaban la pared de aquella torre, y la respiración de Crush empañaba los cristales. Miraba hacia afuera, temblando por la ira. Otra vez. La había vuelto a descubrir otra vez. Y le daba igual, pero tenía otros motivos para estar enfadado con Dee. Pocos, comparados con las buenas noticias, aunque tenía motivos. Y él era un hombre, al fin y al cabo.
Cerró los ojos y apoyó la frente en la ventana. El cristal estaba frío, pero él no hizo ademán de levantar la cabeza. Estaba cansado, y mareado. Cansado por tener que aguantar la aguda y molesta voz de su hermana, cansado por escuchar siempre las mismas excusas, cansado por ella. Y mareado por la resaca del día anterior, otra borrachera.
―Te juro que lo siento. De verdad, lo juro. De verdad, de verdad, de verdad, de verdad. Nunca más lo volveré a hacer. Pero es injusto que te pongas así conmigo. Después de todo, yo no oculto mi infelicidad por el hecho de que me seas infiel con otros hombres, yo me lo ca...
No quiso seguir escuchando más y se giró bruscamente. Estaba harto. Eran rumores. Meros rumores. Podían tener algo de verdad, pero él no iba a dar motivos de guerra. Que el pueblo pensase lo que quisiera; si su esposa no se quedaba embarazada, no era por su culpa. Era culpa de ella, ella, y ella sola.
―CÁLLATE ―dijo, alzando un poco la voz. En cuanto ella hubo cerrado la boca y bajado los ojos, él volvió a recuperar su tono normal―. No tienes ni idea de lo que estás hablando. ¿De verdad crees esos estúpidos rumores? Son mentira, Dee. Mentiras inventadas por la gente. Ellos no lo entienden. No lo saben.
― ¿Qué no entienden? ¿Qué no saben? ―repitió ella, brusca, retórica―. Si yo les doy la razón es por algo. Acudes a mis aposentos borracho, te duermes sin ni siquiera terminar... ¡Y maldita sea, mis doncellas lo escuchan! ¡Escuchan tus ronquidos! ¡Me humillas!
― ¡Es que un rey no puede estar atento de los rumores del maldito pueblo, Dee! ¡¿Qué no entiendes?! ―gritó Crish, como una niño pequeño― ¡El pueblo está para obedecer, no para inventar rumores! ¡Por mí como si te hubieras quedado preñada de uno de tus amantes! ¡Me da exactamente igual!
En ese momento, los ojos de Dee empezaron a llenarse de lágrimas, y después, empezó a llorar. Se tiró encima de la cama, con la cara hundida en una almohada. A Crush se le pasó por la cabeza la idea de ahogarla. Pero era su esposa, no podía hacerlo. Además, ellos dos eran los últimos Strauss. No se podía permitir el lujo de que una cualquiera engendrase a su hijo. Tenía que hacerlo Dee, y sólo ella. Así se lo habían enseñado. Y era su hermana, y la quería. No iba a matarla por una rabieta. No se merecía eso.
Esperó un poco, hasta que dejase de llorar, y después se acercó a ella, se sentó en un borde de la cama, y se tumbó a su lado. La mayoría del tiempo, la quería como un hermano quiere a su hermana, amor fraternal. Pero ese era uno de los momentos en los que de verdad la amaba, en los que de verdad deseaba ser su marido, y sólo eso. Él se odiaba, se repelía a sí mismo de la aberración que estaba haciendo. Casarse con su hermana, acostarse con ella, engendrar un hijo juntos. Le daba asco. Pero sus padres lo habían hecho, y sus abuelos. Y la mayoría de sus antepasados también. Él no iba a ser el que estropease las cosas.
―Escucha, Dee ―Ella se giró, de modo que se puso de espaldas hacia él; no quería hablarle. Crush se mordió un labio. La abrazó y apretó su cara contra el pelo rojo de su hermana―. No lo decía en serio. Lo siento ―Sabía que había hecho mal al disculparse, pero es que realmente sentía que debía de hacerlo. Después de todo, ella no había hecho más que decirle claramente lo que toda la gente de las Tierras Al Oeste rumoreaban―. Te quiero ―le susurró, y después de apartarle un poco el pelo de su cuello, comenzó a besarla y a manosear su pecho. Dee se revolvió hasta que consiguió levantarse de la cama. Entonces, cogió una capa que había en el suelo y se cubrió con ella. Alzó la barbilla, y miró a su hermano, seria y soberbia, como una bellísima estatua de mármol.
―No pienso dejar que me toques hasta que el niño nazca. Ya puedes ir buscándote a alguien que te dé placer. No voy a permitir que me trates como a una prostituta. No lo soy.
Y dicho esto, salió de la habitación.
Aquello era lo bueno de todo. Por fin se había quedado embarazada. Tan sólo una semana después de enterarse de lo de Sandor, motivo por el que estaba enfadado con ella, Dee se había quedado embarazada.
Esto es lo que el pueblo quiere, un principito, pensó Crush, ¿no? Pues lo van a tener. Lo van a tener.

11.11.11

Torre Oeste

— ¿Y desde cuando las prostitutas son doncellas de la Reina?
—Yo no soy una vulgar doncella—La socarrona sonrisa de la joven se hizo más grande aún.
—Oh, pero entonces sí que sois una furcia, ¿no, Lady Dee?
—Cállate, oh, mi gran estúpido.
Y con un beso selló sus labios, evitó que las palabras salieran de su boca. La dolía que la insultasen, más aún cuando tenía un marido como aquel, pero el placer que obtenía era diez veces superior que el ser insultada.
Aquella noche decidió acostarse con Sandor. Este la cogió en brazos, y sin separarse de sus labios, la llevó hasta su propia habitación. Los rumores eran ciertos: la habitación de Lady Dee Strauss era completamente rosa, con rallas, de un estilo que a la gente solía no gustarle. La depositó sobre la cama, y comenzó a bajarle las medias. Ella reía, jadeaba, jugaba con él. Hubo un momento en el que el cuerpo de su amante comenzó a pesarle, y entonces decidió ponerse encima. Sandor intentó desatarle el corsé, pero ella cogió sus manos y las apresó con las suyas propias, sobre su cadera. A diferencia de las prostitutas, ella no se dejaba manosear. Al fin y al cabo, a ella no la pagaban.
Al acabar, lo echó rápidamente de sus aposentos. No quería dejar indicios de lo que había sucedido allí. Y en poco tiempo llegaría su amado hermano, para naufragar de nuevo en la empresa de engendrar un hijo. «Todo sea por no perder nuestro apellido», le había dicho siempre su abuelo. A Dee le importaba un comino su apellido. Ella quería huir de su hermano, quería casarse con un hombre que realmente... que realmente fuese un hombre. Porque en la corte, mucha gente decía que Crush era aclamado más por los hombres que por las mujeres. Y los borrachos siempre dicen la verdad.
Con ayuda de sus doncellas, se quitó el resto de la ropa, y las echó de la habitación. Se sentó en una silla que tenía el cojín de cuero, y se peinó con un cepillo frente al espejo. Se había quedado realmente despeinada al llevarse a Sandor a la cama. Cuando se hubo peinado se metió desnuda en la cama, a esperar a Crush. No le odiaba, pero yacer con su hermano no había sido algo que le entusiasmase. Lo que verdaderamente odiaba era el tener que soportar los insultos de los demás. La gente del pueblo llano la señalaba como si fuese una adúltera, como si fuese una lasciva que no se podía contener. Pero si se sentía así era por culpa de su marido, que no le compensaba en las noches que se suponía debían de ser fogosas. Y se sentía humillada por aquello.
La puerta se abrió de golpe, y eso la asustó. Hizo que pegara un bote en la cama. Su gemelo se tambaleaba, parecía que iba a caerse; volvía a estar borracho. Dee comenzó a temblar. No era la primera vez que Crush aparecía así en sus habitaciones. De hecho, era extraño que no apareciese así.
— ¿Estás bien...? —comenzó ella.
—Sí, sí. Déjame. Ábrete de piernas —le dijo él, brusco, mientras se acercaba a la cama desatándose los calzones.
Dee simplemente obedeció, esperando que todo aquello terminase rápido.
Quizás luego llamase a Sandor de nuevo. Él, al menos, no acudiría borracho.