24.12.11

Torre Oeste

La princesa embarazada, Dee Strauss, se había pasado todo el día en su cuarto rosa. No era que no había querido salir, había sido por culpa de Crush. Le había prohibido tener experiencias que pudiesen resultar peligrosas para su embarazo. Después de todo, les había costado conseguir tener un hijo. Dee rezaba para que fuesen gemelos, un niño y una niña, para no tener que acostarse con su hermano otra vez. Lo detestaba. Sólo quería irse con Sandor, aquel tío suyo lejano. De hecho, ni Dee sabía qué relación familiar tenía con él. Creía que era el hermano de la esposa del esposo de la esposa de un hermano bastardo de su padre. Creía. Ni siquiera se había preocupado en averiguarlo. Sólo sabía que eran familia, ya que por eso estaba en su corte. Su padre Jean tenía a la Corte de verdad en el Norte, donde un día ellos deberían de estar, gobernando el Este, y quizás, algún día, el Centro también. Aunque no sabía si Crush se atrevería a enfrentarse al marido de su tía. No, no sería capaz. Dee creía firmemente que su hermano era un completo cobarde. Por eso la tenía más o menos presa en su habitación, sin ninguna dama de compañía, y sin ninguna noticia del exterior. Ya habían pasado dos días desde que la habían metido ahí dentro. Ahora estaba a punto de acabar el tercero, puesto que el reloj así lo indicaba. Parecía como si la hubiesen metido en una cárcel. Ni Crush la visitaba. Estaba aburrida, pero había algo más. Sentía como si le estuviesen rompiendo el corazón. Ella era un alma libre. No podía estar encerrada en una habitación, por muy grande que fuese. Necesitaba sentir aire fresco. Y habían tapiado sus ventanas.
Abrió su armario, y buscó un vestido de fiesta. Tendría que ponérselo ella sola. Y el corsé también, aunque su marido no quería que se pusiese ninguno. Tenía miedo de que pudiese abortar, por la presión. Pero a ella, eso le daba igual. Sabía que no pasaría nada. Su madre había llevado corsé durante toda la gestación de ambos, y habían acabado naciendo. Si su madre lo había hecho, ella también podría. Necesitaba ponerse uno de esos vestidos tan maravillosos que se ponía tan de vez en cuando. Quería vestirse con algo ostentoso, estaba cansada del mismo camisón de seda amarillenta que llevaba casi todos los días. Sacó cinco vestidos, de distintos colores, y los puso sobre la cama: uno azul turquesa, como el mar, un azul claro, con un brillo verdoso, pues la tela era raso; uno amarillo, crema, como el camisón que llevaba, pero con perlas y bordados que ella adoraba, y una falda larguísima; uno verde pastel, un verde muy suave, con un bordado en el corsé en hilo de oro, y unas mangas largas y anchas; uno rosa, que tenía los hombros descubiertos, y mangas cortas, con una falda extraña pero bonita; y por último, el púrpura, el que había llevado días antes de su reconocimiento como princesa, el del color de la realeza. Odiaba el púrpura, era un color que ella odiaba, y el rosa no era un color que pudiese llevar en ese instante. El verde no le gustaba, era bastante simplón, y estaba algo sucio. Y estaba harta del amarillo. Decidió ponerse el azul. Tiró los demás vestidos al suelo, y de una patada los esparció por el suelo. Rebuscó un corsé cualquiera, y lo tiró encima del vestido azul, sobre la cama. Después se agachó para coger unos zapatos acorde con el vestido, y los dejó en el suelo. Buscó unas medias que fueran provocativas, y escogió también unos ligueros azules, con encajes fabulosos. Sacó después su joyero, y escogió un collar de esmeraldas, y unos pendientes de perlas. Estaba arreglándose como si fuese a ir a una fiesta.
Cuando el reloj de su habitación tocó las dos y media, una sirvienta entró con una bandeja llena de comida, demasiado para ella, quizás. Dee corrió a cerrar la puerta con llave.
― ¡Señora! ¿Qué hace? ¿Y qué es este desorden? ―la mujer puso la bandeja encima de una mesa, cerca del reloj.
― ¿Cómo te llamas?
―Mura.
―Bien. Mura, ayúdame a ponerme el corsé. Yo sola no puedo ―Lo cogió de la cama y se lo tendió a la camarera, pero esta se mantuvo inmóvil―. Ah, claro, el camisón ―Dee se lo quitó, y se giró―. Adelante, atádmelo.
―Pero mi señora, el príncipe lo ha prohibido...
―Que me lo pongas. ¡Atámelo, te lo ordeno! ―dijo, con un tono enfadado, aunque en realidad estuviese divertida. Mura no tuvo más remedio que ponerse a atarle el corsé, con toda la fuerza que pudo. La ayudó a vestirse, y después ordenó que buscase a sus damas y que las trajera a la habitación. Le tendió uno de sus collares de oro y la mujer corrió a por sus doncellas, no sin que antes Dee le abriese la puerta. Es lo único que entendían, dinero.
Al entrar sus damas, hizo que se sentaran sobre la cama. A ellas no las trataba como a Mula, o como se llamase la camarera. A ellas las consideraba como unas amigas.
―Señoritas, sabed que he estado muy disgustada estos días. No he salido de mi habitación para nada. He pasado las tardes aburrida. Mi señor esposo ha prohibido que nadie me viniese a visitar. Bien. Pues ya estoy harta. Llamad a todos vuestros amigos, tanto a caballeros como a ladys, y haced que bajen a la bodega. Llamad también a una pequeña orquesta, con un violín, una viola, dos o tres flautas, y un tambor. Decidles que, al no avisarles con tiempo, les pagaré el doble.
― ¿Y qué haremos ahí abajo, Dee? ¿Una fiesta?
―Por supuesto, mi querida March. Una fiesta. Con música, invitados, bailes, comida... ¡Oh, comida! ¡Llamad también al cocinero, y que prepare comida como para un banquete de...veinte personas! Pero vendrán cuarenta personas. Así que ya sabéis. ¡Id! ¡Vamos, vamos, vamos! ¡A las diez les quiero a todos en la bodega!
Las doncellas abandonaron la habitación, y Dee se encontró sola. Tenía que pensar cómo escapar de la habitación, cómo salir de allí. Así que se paseó por la habitación, pisando los vestidos que había sacado, mientras cogía pellizcos de comida. No es que no tuviese hambre, al contrario, se moría por comer un cerdo asado ella sola. Pero no podía, era una dama. Y las damas no comían como salvajes. Decidió al final que, en cuanto volviese la camarera esa, Mula, o Mura, se escaparía de la habitación. Iría a las diez y cuarto, a llevarle la cena, y a y media estaría en las bodegas. Era un plan perfecto. Pero tendría que despedirse de otro de sus collares.
Cogió un libro y se puso a leer, para matar el tiempo. Eran las tres menos cuarto. Todavía le quedaban seis horas, como mínimo. Tenía que hacer algo.
Le despertaron unos golpes en la puerta, llamadas, para que la dejase entrar. Sería la camarera. Dee se había quedado dormida leyendo. Se levantó, y se fijó en el reloj. Eran las diez y veinte. Iba a tardar mucho en llegar. Le abrió la puerta y le tendió un collar. Mura lo cogió y Dee se escabulló de la habitación. Consiguió llegar sin ser vista, o al menos no mucho, y cuando llegó, se encontró con Crush. No pudo evitar el quedarse con la boca abierta.
― ¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?! ―gritó, por encima del violín y la flauta. Todo el mundo calló, y dejaron de bailar. Crush se dirigió hacia ella, con una sonrisa. Él lo sabía todo. La cogió del brazo y apretó su muñeca con fuerza, para hacerla daño. Pero sonreía.
― ¿Y tú? ¿Qué haces con un corsé? ¿Qué haces aquí? ―le susurró, bastante amenazante―. Músicos, tocad algo. La princesa y yo queremos bailar. ¡Vamos! ―Hizo que Dee diera una vuelta, y la cogió por la cintura. Ella no sabía qué estaba ocurriendo. Pero al menos estaba moviéndose, estaba bailando. No con quien quisiera, pero al menos, de momento, no le había caído una gran bronca. ¿Quién la habría delatado? Quizás Fyre, era su mejor amigo. O al ver que Sandor abandonaba su puesto junto a su pequeño Parlamento, habría decidido interrogarle. Quién sabe. O quizás Mura se lo había contado. Su castillo estaba lleno de chivatos. No podía confiar en nadie.
Al terminar de bailar, Crush la cogió de la muñeca otra vez y se la llevó a una esquina. Por el camino cogió una copa y una jarra de vino de la mesa. Ahora sí que le caería una bronca. La empujó contra la pared, y se puso muy pegado a ella.
― ¿Qué haces aquí? Te mandé que te quedaras en tu habitación. Te ordené quedarte ahí hasta que dieses a luz. ¿Por qué no me haces caso?
Consiguió que Crush se separase un poco de ella, y se echó vino en la copa. Lo bebió y volvió a llenarla.
― Yo estaba aburrida de mi habitación. Allí no puedo hacer nada. No tengo a nadie que me visite. Me aburro. Pero... ¿qué haces tú aquí?
―El cocinero me lo ha contado todo. Estaba de mal humor. Creyó que yo era el que había encargado hacer el banquete que has montado. Y decidí venir. Ahora, tú vas a irte de aquí, de inmediato, y te quitarás ese corsé, no quiero que nuestro hijo muera, y después... Dee, ¿me estás escuchando? ¿Quieres dejar de beber? Es malo para el niño.
Dee había estado sirviéndose varias copas mientras su hermano hablaba. No paraba de beber.
― ¿Y tú que sabrás? ¡¿Qué sabrás si es malo?! ¡¿Acaso estás tú embarazado?!
Crush le abofeteó. Ya estaba harto de ella. Dee se volvió a servir otra copa de vino, y mientras la bebía comenzó a reírse.
― ¿De qué te ríes? ―preguntó Crush, malhumorado.
―De ti ―llegados a ese punto, comenzó a reír como una loca. Todavía no estaba borracha―. Crees que eres un rey, un príncipe. Y te sientes un hombre al pegarme, al tocarme ―Dejó de reír―. Pues ya estoy harta de ti. Ojalá te murieras.
Tiró la jarra y la copa al suelo, y el vino corrió por el suelo de piedra de la bodega. Volvió a hacerse el silencio. Le empujó y salió de la sala.
No quería volver a verle. Se dirigió a su habitación. Buscó una hoja en blanco, y sacó su tintero. Tiró las dos bandejas que habían sobre la mesa en la que estaba el reloj, y se puso a escribir, casi llorando.
Querida tía:Sé que vais a venir expresamente para felicitarme por mi embarazo. Os lo agradezco. Y también os agradecería el que me llevaseis con vosotros cuando regresarais a la Este, o a cualquier otro lado. Lo que fuese, con tal de alejarme de mi hermano. Pretende mantenerme encerrada en mi habitación hasta que para. Estaréis conmigo en que es una locura.Vuestra querida y humilde sobrina, Dee.
Dobló el papel y se dirigió a la puerta, para salir de su habitación. Pero en ese momento, se chocó con Crush. Le dio un empujón, pero este volvió a cogerla del brazo, y la atrajo hacia sí. Tenía el brazo morado.
―Dee... ―empezó.
―Suéltame. Te dije que te fueras con quien te diese la gana. Déjame.
―Idiota. Yo no quiero a ninguna de esas. Te quiero a ti ―La arrastró hasta que consiguió meterla en la habitación, y cerró la puerta―. Te quiero a ti, Dee. Te quiero ―Intentó besarla, pero ella le dio una patada en la pierna.
―Déjame en paz. Estás loco ―le dijo, furiosa, mientras salía de la habitación y corría por el pasillo. Debía de mandar esa carta cuanto antes. Exigiría que el caballo corriese día y noche. Tenía que llegar antes de que sus tíos saliesen de Torre Este.
―Sólo los locos aman a mujeres como tú ―le gritó Crush, mientras la veía correr, y sonreía. De verdad la quería. Pero así sólo conseguía que le odiase.

7.12.11

Torre Este

Aquella mañana, George se despertó de buen humor. Habían pasado tres días desde el día de la noticia, seis días desde que había sabido que Dee estaba embarazada. Pero le daba igual.
Volvió a despertarse entre los brazos de Jioana, como casi todas las mañanas ocurría, y, después de vestirse, bajó a la sala principal. Todavía era muy temprano, pero debía de planear el viaje hacia Torre Oeste para salir al día siguiente. Quería estar cuanto antes de nuevo en su hogar, y todavía no había salido de él. El motivo de que estuviese tan feliz no era otro, pues, que había concretado ya el número de días que estarían en las Tierras del Oeste. Habían discutido, y durante un día entero no se habían hablado. Lady Jioana decía que quería estar quince días con sus sobrinos, y él apenas cuatro. Al final, decidió que once días eran suficientes. No deseaba estar fuera las dos semanas que Jioana le había propuesto, pero tampoco quería seguir enfadado con ella. No soportaba el estar comiendo en tensos silencios, el pasar las tardes solo, sin una acompañante durante la caza. Odiaba aquello. Al principio, no había soportado pasar un segundo junto a ella, y ahora, no podía mantenerse cuerdo ni un día si no la tocaba. Aún no sabía cómo lo había conseguido. Ella no era más que otra mujer del montón, pero era su mujer del montón.
Así pues, esperó pacientemente, sentado en su trono, al embajador de las Tierras del Oeste. Debía de comunicarle las noticias, y que él partiera cuanto antes para hacerles llegar a los futuros reyes de las Oeste que partirían al día siguiente, y que cinco días más tarde, como mucho, estarían allí. Bien pensado, aquella idea no le amargaba tanto. Sólo le resultaba molesto el ir a felicitar a su sobrina porque estuviera embarazada. Esa era lo que no quería ir a hacer, lo que no le resultaba agradable. Pero debía de dejar a un lado su orgullo y cumplir con su deber. Era un hombre demasiado orgulloso.
Estuvo sentado en su trono durante casi una hora, pasando frío, ya que todavía no habían encendido las calderas. Era invierno, y las siete de la mañana. Aún estaba oscuro afuera, lo podía ver a través de las ventanas. Estaba poniéndose cada vez más nervioso, pensando en qué era lo que le había podido suceder al embajador para que, después de una hora de haberle llamado, no hubiese acudido todavía. Había madrugado para que él estuviese en Torre Oeste antes que ellos, no después. Y al paso que iba, tendría que atrasar las cosas. Y a él le gustaba que todo fuese puntual, como él lo era. Pero al final llegó. Con una hora de retraso, pero venía con todos los ropajes que debía de tener si quería estar arreglado. Al llegar, hizo una breve y temblorosa reverencia, y después, se volvió a erguir. Era un hombre bastante más mayor que George, con canas, y una barba bien parecida a la suya, en pico. A él le daba un aspecto de señor, una apariencia más noble aún. Y sin embargo, a aquel embajador, no le sentaba para nada bien. No con la papada que tenía, y la gran barriga. Se lamentó por la pobre bestia que debía de trasportarlo de un lugar a otro.
―Mi señor...
Tu alteza ―le corrigió, algo enfadado. De repente, el buen humor había empezado a desaparecer. Más bien, se estaba intercambiando por el frío.
―Mi alteza. ¿Para qué me habéis hecho llamar a horas tan tempranas?
―Ya he tomado una decisión sobre la idea de ir a las tierras de tu señor Jean Strauss. Mi esposa y yo saldremos mañana a primera hora de la mañana.
El embajador se quedó impresionado.
―Y... ¿no sería mejor esperar unos días, mi se... alteza? Si no, no tendré tiempo para llevarle la noticia a mi señor Crush... Tenga en cuenta que ni el rey Jean lo sabe...
―Da igual ―dijo él, en un tono severo, totalmente contrario al que usaba con Jioana. Estuvieron en silencio durante casi un minuto―. Así que más le vale partir ya, señor embajador.
El hombre sólo asintió, volvió a hacer una reverencia, y abandonó la sala. Ya eran casi las ocho. Aún era temprano, y tenían todo el día para hacer sus equipajes. Por unos minutos más de sueño, no sucedería nada. Y menos si era junto a Jioana.
Recorrió los pasillos de la fortaleza de torres. En otros tiempos, esa construcción había pertenecido a los Strauss, y de hecho, todavía quedaban algunos cuadros en el desván. Antepasados de Jioana. Algún día volvería a colgarlos en los pasillos, en lugar a los cuadros de los Bubied. Debía de hacer un ala exclusiva en memoria de los Strauss, para ella. Seguro que le gustaría. ¿Y si le dedicaba mejor otro castillo? Sí. Pondría aquellos cuadros en su castillo favorito, en el castillo al que iban en verano todos los años. Sería algo que le amargaría el verano, pero a su esposa le gustaría, la haría feliz. Y si a ella le hacía feliz aquello, George también se sentía feliz. Era un sentimiento extraño, aquel que tenía hacia aquella mujer. Miró uno de los retratos que colgaba de la pared. Era el de su padre, George V. Estaba representado sobre un caballo, imponente, poderoso. Su mirada, dos ojos marrones, apuntaban hacia la persona que miraba el cuadro, y se clavaban como cuchillos en George VI. Su padre. Siempre había sido un hombre duro. Nunca le había sonreído, y tampoco le había dado muestras de afecto ni de cariño. La verdad era que, de pequeño, no había estado cerca de él. Si se le había acercado, había sido en la fecha de su decimosexto cumpleaños, cuando le había comunicado que se debía de casar con Jioana, una Strauss de por entonces doce años. Tan sólo le veía a la hora de la comida, y en algunos entrenamientos, de refilón. Y nunca le había dirigido la palabra. Sin embargo, con sus hermanos, había sido distinto. Con sus hermanos había sido más efusivo. Su madre le había dicho que era porque él había sido el primero, y debía de aprender a comportarse de la misma manera que la de su padre, que él también debía de ser igual de duro y fuerte que él. Al fin y al cabo, él era el heredero. Él tenía que ser un buen Bubied. Después de todo, su padre no había sido conocido el sobrenombre de El Fuerte por nada. Él había conseguido nuevos territorios para su hijo, territorios Whilewer.
Acabó llegando a la habitación en la que había estado durmiendo casi hacían ya tres horas. Se había desvelado por completo, pero seguía queriendo ir a la habitación. Jioana seguiría durmiendo, y él podría encender de nuevo la chimenea, y mirar cómo dormía, mientras pensaba en qué se iba a llevar a Torre Oeste. Aquella idea sí que le gustaba. Al llegar a la habitación, se encontró con su esposa volviendo a encender la chimenea, y con las cortinas de terciopelo abiertas. La cama estaba desecha, señal de que se había despertado recientemente. Lady Jioana llevaba el largo pelo rojo suelto, despeinado. Le llegaba casi hasta la mitad del muslo, tan rojo y rizado como si fuesen llamas. Al oírlo entrar en la habitación, se giró y le miró con sus ojos azules, sorprendida; pero no se arrodilló, pues ya sabía que a él no le gustaba que lo hiciese, que lo consideraba estúpido. Se colocó mejor el abrigo de piel de oso de su marido, un abrigo que se había dejado este allí la noche anterior. Estaba claro que no era suyo, porque le quedaba muy grande. Por debajo de él, llevaba un camisón de seda canela, su camisón favorito. La verdad era que hacía bastante frío.
― ¿A qué hora te has despertado?
―A las seis. No podía dormir más. Y tampoco quería despertarte ―le contestó, mientras se acercaba a ella. Le puso las manos sobre los hombros, y la besó en la mejilla. Ella se sentó sobre una de las dos butacas que estaban delante de la chimenea, con aire cansado. La verdad era que tenía una cara cansada, al menos en aquel momento. Y eso no era propio de ella―. ¿Estás bien, Jioana? ¿Estás cansada? ¿No has dormido bien?
―No... No es eso, tranquilo. Es que... últimamente... No sé ―Bostezó.―. Me lleva doliendo la tripa unos cuantos días, y no consigo dormir...
― ¡¿Y por qué no has llamado a un médico, o a un mago?! Voy a por uno.
― ¡NO! ¡No vayas! ¡Déjalo! Si es una tontería... ―dijo, masajeándose un poco el estómago. George la miró durante unos instantes, medio alarmado, medio pensativo. Se acabó sentando en la silla que tenía enfrente de la de ella, y se quedó muy quieto.
― ¿Por qué no quieres que vengan? Es sólo para que te miren, no te van a hacer nada.
―Es que... Se supone que en pocos días tendré el ciclo. Por eso te digo que no es nada.
El rey Bubied se quedó mirando su estómago. En aquella ocasión, tampoco había sucedido nada. Seguían sin haber indicios de otro embarazo. Pero no le importaba. Por eso había estado aguantando el dolor, para que no se llevase otra desilusión.
―No pasa nada. Tranquila, de verdad. Aún así... deberías de descansar. Mañana saldremos hacia Torre Oeste. No querrás que Dee y Crush te vean cansada, ¿no? ―le dijo, con una sonrisa, echándose hacia delante y poniendo una mano entre las suyas.
Jioana sonrió.
―Estoy bien, de verdad. Si te tranquiliza, llama a un médico. No confío en los magos. Pero yo estoy bien, ¿ves? ―dijo ella, levantándose mientras el abrigo de su marido se le caía, sonriente, poniendo las manos sobre las anchas caderas que él tanto amaba. De repente, quitó ambas manos de sus caderas y se las puso en la boca. Salió corriendo en dirección al baño, y él se levantó y corrió detrás de ella. La encontró en la letrina, arrodillada, vomitando. George se apresuró a sujetarle el pelo, para que no se manchase. En cuanto saliese de la habitación, llamaría a un médico, y a un mago también, aunque ella les detestase. No quería seguir viéndola así. Odiaba admitir lo frágil que era ante la debilidad de Jioana.
Cuando acabó, la cogió en brazos y la tumbó sobre la cama, aunque ella se resistiese diciendo que estaba bien. George se sentó junto a su reina, y tiró de una cuerda que estaba en su lado de la cama, una cuerda que llamaba al servicio. En un par de minutos, una de las damas de Jioana se presentó en la habitación. Él le dijo que fuese a por un médico y un mago, aunque ella casi se levantara para evitar que la doncella saliese del cuarto. George al final acabó por tumbarse junto a ella, no sin antes quitarse algunas ropas. La abrazó y la besó en la frente, en ademán protector. A diferencia de su padre, él si que mostraba afecto hacia las personas a las que quería.
―Ni se te ocurra cancelar la visita a Crush y Dee, ¿eh? Estoy bien ―le dijo ella, algo temerosa, aunque como si nunca hubiese devuelto―. Estoy bien.