22.11.11

Torre Este

George Bubied no era un anciano. Y su esposa, Jioana Strauss, tampoco. Y sin embargo, ya les habían llegado las nuevas, nuevas que anunciaban que tenían un posible sobrino-nieto. Era más de lo que pensaban que podrían llegar a ver. Al fin y al cabo, Dee y Crush no tenían ni veinte años. Era normal que la noticia les sorprendiera. Jioana se sintió feliz, alegre de la noticia. Al fin y al cabo, era su familia.
Quien no estaba para nada contento era su esposo, George. El más joven de todos los George, el último, George Bubied VI. Jioana le había mencionado el ir al Torre Oeste a pasar con ellos un par de semanas, y darle los regalos que se esperase que tuvieran que entregarles, pero George se opuso rotundamente a ello. Odiaba a los Strauss casi tanto como quería a Jioana. Ya se lo había dejado bien claro: si quería ir ella, que fuera sola. Él no se metería en territorio Strauss. Ni loco. Esos que se parecían tanto a los animales, teniendo hijos entre sí, fruto del incesto... A sus ojos eso no estaba bien visto. Había aprendido a convivir con ello, pero no le gustaba. Al principio de su matrimonio, había odiado a Jioana. Intentaba verla sólo cuando el deber le llamase, pero al final, se había acabado enamorando de ella. No era una mujer bella, ni con un cuerpo en demasía bonito, pero era inteligente, y amable, y su sonrisa era preciosa, la más alegre de todo el reino. George se sentía afortunado de tener a una mujer como Jioana por esposa. La quería con todo su corazón, la amaba hasta el infinito. Ya se lo había demostrado en varias ocasiones, pues había construido altares en su honor, erigido estatuas que la representaban, le había regalado los castillos más bonitos en los lugares más hermosos que poseía... Todo para ella. Si pedía una caja de fresas en pleno verano, él removía cielo y tierra para entregárselas. Y a pesar de todas las atenciones que la prestaba, sólo habían tenido un hijo. Tenían ya más de veinticinco años, y con aquella edad, los padres de George ya habían tenido cuatro hijos. Y no se querían mucho, precisamente. Ellos tan sólo tenían a un niño pequeño, que no tenía ni dos años. Aún así, George era feliz con su vida. Rey de territorios inmensos, marido de la mujer a la que amaba, un hijo fruto del amor que le profesaba a esta... Se sentía completamente feliz. Al menos, esto era así hasta el día en que le llegó la noticia del embarazo de su sobrina.
Lo cierto era que debía de ir a presentar sus respetos. Eso era lo mínimo. Pero no quería ir a ver a esa aberración que eran Dee y su hijo. Él ya sabía los rumores que rodeaban el honor de su sobrina, y lo más posible era que el hijo que esperase fuera ilegítimo. Pero no sabía qué hipótesis era la mejor, si que el niño fuera un bastardo o que fuese hijo de su hermano Crush. Ambas ideas le parecían poco honorables. Aunque algo debía de hacer al respecto. Si se quedaba en el Torre Este mientras que su mujer iba al Torre Oeste, lo más probable era que el rey Strauss se enfadase, y si iba... Si iba, él mismo no se lo perdonaría en su vida. Quería a Jioana, y con eso era suficiente. Con querer a una Strauss ya se sentía bastante humillado, aunque a la vez, le gustase quererla.
George lo estuvo pensando una y otra vez tumbado en la cama, con la cabeza de su esposa en el pecho desnudo. Cogió uno de sus mechones pelirrojos y empezó a jugar con él, pensativo. ¿Debía ir o no? También, la verdad sea dicha de paso, sería de mala educación no ir. Al fin y al cabo, eran familia. Política, pero familia. La miró, y por un momento sintió vergüenza de estar casado con ella. Era otra aberración, sus padres eran hermanos y la habían engendrado de la misma forma en la que ellos habían tenido a William. Pero al pensar en aquello, también les comprendía un poco. Debían de quererse, tanto como ellos dos, para hacer aquello. Así que al final decidió que iría. Un día o dos, pero iría. Después de todo, no debía permitirse el lujo de ganarse enemigos. Eso era precisamente lo que no le hacía falta.
―Eh, Jioana ―le susurró, mirándola con cariño. Ella estaba despierta, aunque con los ojos cerrados―. Iré contigo. Pero por poco tiempo.
Jioana simplemente se incorporó un poco y le besó. Fue un beso largo, con cariño y pasión, que hizo que George quisiera tomarla en ese mismo instante. Pero estaba cansado del largo día de caza, así que decidió que era mejor dormir. Cerró los ojos y abrazó a su esposa, entre las sábanas del fuerte más cercano a las Tierras Al Este, y se durmió con una sonrisa en el rostro. Definitivamente, ese había sido un día perfecto.
Excepcionando el momento del mensaje, claro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario