7.12.11

Torre Este

Aquella mañana, George se despertó de buen humor. Habían pasado tres días desde el día de la noticia, seis días desde que había sabido que Dee estaba embarazada. Pero le daba igual.
Volvió a despertarse entre los brazos de Jioana, como casi todas las mañanas ocurría, y, después de vestirse, bajó a la sala principal. Todavía era muy temprano, pero debía de planear el viaje hacia Torre Oeste para salir al día siguiente. Quería estar cuanto antes de nuevo en su hogar, y todavía no había salido de él. El motivo de que estuviese tan feliz no era otro, pues, que había concretado ya el número de días que estarían en las Tierras del Oeste. Habían discutido, y durante un día entero no se habían hablado. Lady Jioana decía que quería estar quince días con sus sobrinos, y él apenas cuatro. Al final, decidió que once días eran suficientes. No deseaba estar fuera las dos semanas que Jioana le había propuesto, pero tampoco quería seguir enfadado con ella. No soportaba el estar comiendo en tensos silencios, el pasar las tardes solo, sin una acompañante durante la caza. Odiaba aquello. Al principio, no había soportado pasar un segundo junto a ella, y ahora, no podía mantenerse cuerdo ni un día si no la tocaba. Aún no sabía cómo lo había conseguido. Ella no era más que otra mujer del montón, pero era su mujer del montón.
Así pues, esperó pacientemente, sentado en su trono, al embajador de las Tierras del Oeste. Debía de comunicarle las noticias, y que él partiera cuanto antes para hacerles llegar a los futuros reyes de las Oeste que partirían al día siguiente, y que cinco días más tarde, como mucho, estarían allí. Bien pensado, aquella idea no le amargaba tanto. Sólo le resultaba molesto el ir a felicitar a su sobrina porque estuviera embarazada. Esa era lo que no quería ir a hacer, lo que no le resultaba agradable. Pero debía de dejar a un lado su orgullo y cumplir con su deber. Era un hombre demasiado orgulloso.
Estuvo sentado en su trono durante casi una hora, pasando frío, ya que todavía no habían encendido las calderas. Era invierno, y las siete de la mañana. Aún estaba oscuro afuera, lo podía ver a través de las ventanas. Estaba poniéndose cada vez más nervioso, pensando en qué era lo que le había podido suceder al embajador para que, después de una hora de haberle llamado, no hubiese acudido todavía. Había madrugado para que él estuviese en Torre Oeste antes que ellos, no después. Y al paso que iba, tendría que atrasar las cosas. Y a él le gustaba que todo fuese puntual, como él lo era. Pero al final llegó. Con una hora de retraso, pero venía con todos los ropajes que debía de tener si quería estar arreglado. Al llegar, hizo una breve y temblorosa reverencia, y después, se volvió a erguir. Era un hombre bastante más mayor que George, con canas, y una barba bien parecida a la suya, en pico. A él le daba un aspecto de señor, una apariencia más noble aún. Y sin embargo, a aquel embajador, no le sentaba para nada bien. No con la papada que tenía, y la gran barriga. Se lamentó por la pobre bestia que debía de trasportarlo de un lugar a otro.
―Mi señor...
Tu alteza ―le corrigió, algo enfadado. De repente, el buen humor había empezado a desaparecer. Más bien, se estaba intercambiando por el frío.
―Mi alteza. ¿Para qué me habéis hecho llamar a horas tan tempranas?
―Ya he tomado una decisión sobre la idea de ir a las tierras de tu señor Jean Strauss. Mi esposa y yo saldremos mañana a primera hora de la mañana.
El embajador se quedó impresionado.
―Y... ¿no sería mejor esperar unos días, mi se... alteza? Si no, no tendré tiempo para llevarle la noticia a mi señor Crush... Tenga en cuenta que ni el rey Jean lo sabe...
―Da igual ―dijo él, en un tono severo, totalmente contrario al que usaba con Jioana. Estuvieron en silencio durante casi un minuto―. Así que más le vale partir ya, señor embajador.
El hombre sólo asintió, volvió a hacer una reverencia, y abandonó la sala. Ya eran casi las ocho. Aún era temprano, y tenían todo el día para hacer sus equipajes. Por unos minutos más de sueño, no sucedería nada. Y menos si era junto a Jioana.
Recorrió los pasillos de la fortaleza de torres. En otros tiempos, esa construcción había pertenecido a los Strauss, y de hecho, todavía quedaban algunos cuadros en el desván. Antepasados de Jioana. Algún día volvería a colgarlos en los pasillos, en lugar a los cuadros de los Bubied. Debía de hacer un ala exclusiva en memoria de los Strauss, para ella. Seguro que le gustaría. ¿Y si le dedicaba mejor otro castillo? Sí. Pondría aquellos cuadros en su castillo favorito, en el castillo al que iban en verano todos los años. Sería algo que le amargaría el verano, pero a su esposa le gustaría, la haría feliz. Y si a ella le hacía feliz aquello, George también se sentía feliz. Era un sentimiento extraño, aquel que tenía hacia aquella mujer. Miró uno de los retratos que colgaba de la pared. Era el de su padre, George V. Estaba representado sobre un caballo, imponente, poderoso. Su mirada, dos ojos marrones, apuntaban hacia la persona que miraba el cuadro, y se clavaban como cuchillos en George VI. Su padre. Siempre había sido un hombre duro. Nunca le había sonreído, y tampoco le había dado muestras de afecto ni de cariño. La verdad era que, de pequeño, no había estado cerca de él. Si se le había acercado, había sido en la fecha de su decimosexto cumpleaños, cuando le había comunicado que se debía de casar con Jioana, una Strauss de por entonces doce años. Tan sólo le veía a la hora de la comida, y en algunos entrenamientos, de refilón. Y nunca le había dirigido la palabra. Sin embargo, con sus hermanos, había sido distinto. Con sus hermanos había sido más efusivo. Su madre le había dicho que era porque él había sido el primero, y debía de aprender a comportarse de la misma manera que la de su padre, que él también debía de ser igual de duro y fuerte que él. Al fin y al cabo, él era el heredero. Él tenía que ser un buen Bubied. Después de todo, su padre no había sido conocido el sobrenombre de El Fuerte por nada. Él había conseguido nuevos territorios para su hijo, territorios Whilewer.
Acabó llegando a la habitación en la que había estado durmiendo casi hacían ya tres horas. Se había desvelado por completo, pero seguía queriendo ir a la habitación. Jioana seguiría durmiendo, y él podría encender de nuevo la chimenea, y mirar cómo dormía, mientras pensaba en qué se iba a llevar a Torre Oeste. Aquella idea sí que le gustaba. Al llegar a la habitación, se encontró con su esposa volviendo a encender la chimenea, y con las cortinas de terciopelo abiertas. La cama estaba desecha, señal de que se había despertado recientemente. Lady Jioana llevaba el largo pelo rojo suelto, despeinado. Le llegaba casi hasta la mitad del muslo, tan rojo y rizado como si fuesen llamas. Al oírlo entrar en la habitación, se giró y le miró con sus ojos azules, sorprendida; pero no se arrodilló, pues ya sabía que a él no le gustaba que lo hiciese, que lo consideraba estúpido. Se colocó mejor el abrigo de piel de oso de su marido, un abrigo que se había dejado este allí la noche anterior. Estaba claro que no era suyo, porque le quedaba muy grande. Por debajo de él, llevaba un camisón de seda canela, su camisón favorito. La verdad era que hacía bastante frío.
― ¿A qué hora te has despertado?
―A las seis. No podía dormir más. Y tampoco quería despertarte ―le contestó, mientras se acercaba a ella. Le puso las manos sobre los hombros, y la besó en la mejilla. Ella se sentó sobre una de las dos butacas que estaban delante de la chimenea, con aire cansado. La verdad era que tenía una cara cansada, al menos en aquel momento. Y eso no era propio de ella―. ¿Estás bien, Jioana? ¿Estás cansada? ¿No has dormido bien?
―No... No es eso, tranquilo. Es que... últimamente... No sé ―Bostezó.―. Me lleva doliendo la tripa unos cuantos días, y no consigo dormir...
― ¡¿Y por qué no has llamado a un médico, o a un mago?! Voy a por uno.
― ¡NO! ¡No vayas! ¡Déjalo! Si es una tontería... ―dijo, masajeándose un poco el estómago. George la miró durante unos instantes, medio alarmado, medio pensativo. Se acabó sentando en la silla que tenía enfrente de la de ella, y se quedó muy quieto.
― ¿Por qué no quieres que vengan? Es sólo para que te miren, no te van a hacer nada.
―Es que... Se supone que en pocos días tendré el ciclo. Por eso te digo que no es nada.
El rey Bubied se quedó mirando su estómago. En aquella ocasión, tampoco había sucedido nada. Seguían sin haber indicios de otro embarazo. Pero no le importaba. Por eso había estado aguantando el dolor, para que no se llevase otra desilusión.
―No pasa nada. Tranquila, de verdad. Aún así... deberías de descansar. Mañana saldremos hacia Torre Oeste. No querrás que Dee y Crush te vean cansada, ¿no? ―le dijo, con una sonrisa, echándose hacia delante y poniendo una mano entre las suyas.
Jioana sonrió.
―Estoy bien, de verdad. Si te tranquiliza, llama a un médico. No confío en los magos. Pero yo estoy bien, ¿ves? ―dijo ella, levantándose mientras el abrigo de su marido se le caía, sonriente, poniendo las manos sobre las anchas caderas que él tanto amaba. De repente, quitó ambas manos de sus caderas y se las puso en la boca. Salió corriendo en dirección al baño, y él se levantó y corrió detrás de ella. La encontró en la letrina, arrodillada, vomitando. George se apresuró a sujetarle el pelo, para que no se manchase. En cuanto saliese de la habitación, llamaría a un médico, y a un mago también, aunque ella les detestase. No quería seguir viéndola así. Odiaba admitir lo frágil que era ante la debilidad de Jioana.
Cuando acabó, la cogió en brazos y la tumbó sobre la cama, aunque ella se resistiese diciendo que estaba bien. George se sentó junto a su reina, y tiró de una cuerda que estaba en su lado de la cama, una cuerda que llamaba al servicio. En un par de minutos, una de las damas de Jioana se presentó en la habitación. Él le dijo que fuese a por un médico y un mago, aunque ella casi se levantara para evitar que la doncella saliese del cuarto. George al final acabó por tumbarse junto a ella, no sin antes quitarse algunas ropas. La abrazó y la besó en la frente, en ademán protector. A diferencia de su padre, él si que mostraba afecto hacia las personas a las que quería.
―Ni se te ocurra cancelar la visita a Crush y Dee, ¿eh? Estoy bien ―le dijo ella, algo temerosa, aunque como si nunca hubiese devuelto―. Estoy bien.

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