11.11.11

Torre Oeste

— ¿Y desde cuando las prostitutas son doncellas de la Reina?
—Yo no soy una vulgar doncella—La socarrona sonrisa de la joven se hizo más grande aún.
—Oh, pero entonces sí que sois una furcia, ¿no, Lady Dee?
—Cállate, oh, mi gran estúpido.
Y con un beso selló sus labios, evitó que las palabras salieran de su boca. La dolía que la insultasen, más aún cuando tenía un marido como aquel, pero el placer que obtenía era diez veces superior que el ser insultada.
Aquella noche decidió acostarse con Sandor. Este la cogió en brazos, y sin separarse de sus labios, la llevó hasta su propia habitación. Los rumores eran ciertos: la habitación de Lady Dee Strauss era completamente rosa, con rallas, de un estilo que a la gente solía no gustarle. La depositó sobre la cama, y comenzó a bajarle las medias. Ella reía, jadeaba, jugaba con él. Hubo un momento en el que el cuerpo de su amante comenzó a pesarle, y entonces decidió ponerse encima. Sandor intentó desatarle el corsé, pero ella cogió sus manos y las apresó con las suyas propias, sobre su cadera. A diferencia de las prostitutas, ella no se dejaba manosear. Al fin y al cabo, a ella no la pagaban.
Al acabar, lo echó rápidamente de sus aposentos. No quería dejar indicios de lo que había sucedido allí. Y en poco tiempo llegaría su amado hermano, para naufragar de nuevo en la empresa de engendrar un hijo. «Todo sea por no perder nuestro apellido», le había dicho siempre su abuelo. A Dee le importaba un comino su apellido. Ella quería huir de su hermano, quería casarse con un hombre que realmente... que realmente fuese un hombre. Porque en la corte, mucha gente decía que Crush era aclamado más por los hombres que por las mujeres. Y los borrachos siempre dicen la verdad.
Con ayuda de sus doncellas, se quitó el resto de la ropa, y las echó de la habitación. Se sentó en una silla que tenía el cojín de cuero, y se peinó con un cepillo frente al espejo. Se había quedado realmente despeinada al llevarse a Sandor a la cama. Cuando se hubo peinado se metió desnuda en la cama, a esperar a Crush. No le odiaba, pero yacer con su hermano no había sido algo que le entusiasmase. Lo que verdaderamente odiaba era el tener que soportar los insultos de los demás. La gente del pueblo llano la señalaba como si fuese una adúltera, como si fuese una lasciva que no se podía contener. Pero si se sentía así era por culpa de su marido, que no le compensaba en las noches que se suponía debían de ser fogosas. Y se sentía humillada por aquello.
La puerta se abrió de golpe, y eso la asustó. Hizo que pegara un bote en la cama. Su gemelo se tambaleaba, parecía que iba a caerse; volvía a estar borracho. Dee comenzó a temblar. No era la primera vez que Crush aparecía así en sus habitaciones. De hecho, era extraño que no apareciese así.
— ¿Estás bien...? —comenzó ella.
—Sí, sí. Déjame. Ábrete de piernas —le dijo él, brusco, mientras se acercaba a la cama desatándose los calzones.
Dee simplemente obedeció, esperando que todo aquello terminase rápido.
Quizás luego llamase a Sandor de nuevo. Él, al menos, no acudiría borracho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario